UTOPÍA Y PRAXIS LATINOAMERICANA. AÑO: 23, n°. 83 (OCTUBRE-DICIEMBRE), 2018, PP.148-164 REVISTA INTERNACIONAL DE FILOSOFÍA Y TEORÍA SOCIAL
CESA-FCES-UNIVERSIDAD DEL ZULIA. MARACAIBO-VENEZUELA. ISSN 1315-5216 / ISSN-e: 2477-9555
Critical–Hermeneutical Approach to the Notion of Welfare in the Context of Neo-Liberalism
Pedro Enrique VILLASANA LÓPEZ ORCID: http://orcid.org/0000-0001-8713-8202 Departamento de Salud pedrovillasana@hotmail.com
Universidad de Los Lagos, Chile
Rubén Darío GÓMEZ
Universidad de Antioquia, Colombia
Pol DE VOS
Instituto de Salud Global
Universidad Queen Margaret, Escocia
Este trabajo está depositado en Zenodo:
DOI: http://doi.org/10.5281/zenodo.1438590
Este conversatorio a seis manos, con múltiples desacuerdos, pero con el consenso de la necesidad de perseverar en la discusión; pretende contribuir a la resignificación de la polisémica noción de Bienestar, cuestionando la visión de bienestar focalizado en el éxito, el consumo, y la estandarización instrumental, oponiéndola a una mirada puesta en la vida, la felicidad, la armonía, y otros posibles sentidos del Bienestar. Para ello ponemos en discusión algunos elementos de carácter onto-epistemológico del proceso de configuración de las representaciones prevalentes de Bienestar en la aldea global neoliberal, visto como proceso político y expresión de intereses históricamente determinados. Este análisis crítico de algunos mecanismos constituyentes, desde nuestra práctica cotidiana, permite visibilizar interrogantes y posibilidades de descosificación del Bienestar como utopía, para reivindicar la descolonización de la vida.
Palabras clave: Polisemia; bienestar; neoliberalismo; descolonización; armonía
This discussion group to six hands, with multiple disagreements, but the consensus of the need to persevere in the discussion; It aims to contribute to the resignification of the polysemic notion of welfare, questioning the vision of welfare focused on success, consumption, and the instrumental standardization, opposed it to an eye toward life, happiness, harmony, and others possible senses of wellbeing. For this purpose we put in discussion some elements of ontoepistemological character of the configuration process of the prevalent representations of welfare in the neoliberal global village, seen as a political process and expression of interest historically positioned. This critical analysis of some constituent mechanisms, from our daily practice, allows to visualize questions and possibilities of descosificacion of well-being such as utopia, to lay claim to the decolonization of the life.
Key words: Polysemy; welfare; neoliberalism; decolonization; harmony
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Cuando los hombres eran dueños del tiempo, lo importante para el médico era devolver el enfermo a la vida y, por eso, lo primero que se le proporcionaba era vida en forma de placer alimenticio. Esa noción de placer como parte esencial de la cura es lo que ha desaparecido totalmente de la filosofía médica. Ahora se trata exclusivamente de recuperar al enfermo para la producción.
Xavier Domingo: En La Mesa del Buscón
Desde la visión de la Complejidad
(…) en el ser Humano, ese objeto extraño, se manifiestan un conjunto de propiedades que no pueden estandarizarse, como el bienestar. Su carácter multidimensional, transdimensional y emergente, parece provocar un grado de incertidumbre mayúsculo a la hora de tratar de “atrapar” (para describirlas) dichas propiedades. Pueden o no estar presentes. Y, además, asumir diferentes manifestaciones, más o menos regulares de acuerdo al caso (Villasana: 2006, p. 85).
Así, en la medida en que las organizaciones sociales se configuran alrededor de relaciones de mutua influencia se configuran como sistemas políticos (Easton: 1969; Foucault; 1979; 1988). A lo largo de la historia, el ejercicio del poder se articula como una red que, mediante diferentes dispositivos, impone formas particulares a las condiciones de vida de los grupos y a su forma de entender la realidad (Foucault: 1990; 1979; 1999). Entre estos dispositivos se destacan los contenidos ideológicos, entendidos como formas de representación de los hechos que se imponen al pensamiento y la práctica de los individuos, usualmente de forma inconsciente, durante toda su vida. Las ideologías juegan un papel esencial en cualquier sociedad, de izquierda o de derecha, porque contribuyen a la integración de los grupos, manteniendo y reproduciendo ciertas condiciones de existencia. En su calidad de fenómenos sociales, los contenidos ideológicos son procesos complejos y dinámicos. Aunque algunos contenidos pueden tener un origen preciso y claramente identificable en un momento de la historia, la mayoría de las veces se conforman, desarrollan, evolucionan y expanden de manera difusa, al impulso de prácticas sociales igualmente complejas y cambiantes, entre las cuales influyen de modo especial las condiciones económicas de producción.
Cada sistema político define su propio saber que lo legitima y lo mantiene, subyugando e impidiendo el desarrollo de otras experiencias y condiciones contrarias (García-Fanlo: 2011; Foucault:1979;1992; Marx:1973). Los conocimientos y las prácticas sociales se comportan como dispositivos políticos que responden a las condiciones predominantes en su época. A este respecto, las ideologías no solamente construyen sus propios contenidos ajustados al momento, sino también las reglas que definen los criterios para aceptar o rechazar ciertas formas de comprender los hechos y actuar sobre ellos (Engels: 1886; Marx: 1973; 1978; Althusser: 1988; 1996; Harnecker: 1984; Cook: 2001; Ford & Mayo: 2007; Francisco: 2007;
Mullins: 1993; Van Dijk: 1996; Ariño-Villarroya:1997; Daldal: 2014; Sloan: 2002; Corrales:2004; y Cela:2013).
Durante mucho tiempo en la historia de la humanidad, el problema de la pobreza y la posibilidad que tienen las personas para resolver sus necesidades esenciales fue asumido en el discurso oficial como un proceso generado en el designio divino o en la manifestación de fuerzas naturales, que poco o nada tenían que ver con procesos políticos. El ideario de la Modernidad que surge con el desarrollo del capitalismo, concibe el enriquecimiento como una práctica legítima amparada en el derecho natural, y oculta los efectos
de la concentración de la riqueza sobre el empobrecimiento de los trabajadores directos y sus familias. Desde el pensamiento de los ideólogos liberales, la apropiación individual de los bienes y la concentración de la riqueza son prerrogativas esenciales para cualquier sociedad, ý como tales deben ser reconocidas como derechos básicos de los individuos. Por su parte, la pobreza es la consecuencia directa del vicio o la incompetencia del sujeto para aprovechar las oportunidades que brindan los mercados. Esta concepción ideologizada de la pobreza enmascara el hecho de que toda forma de riqueza es producto del trabajo, un hecho reconocido aún por los fundadores de la economía liberal como Adam Smith; la riqueza siempre es producida por un trabajador directo (Smith: 1776); y la acumulacion de riqueza, por su parte, es el resultado de la explotación que ejercen algunos individuos sobre otros. La conceptualización ideologizada del empobrecimiento oculta también el peligro que implica para cualquier sociedad la concentración ilimitada de la riqueza y los bienes en unas pocas manos. Por su importancia como dispositivo político legitimador de la propiedad privada y el enriquecimiento individual, esta visión de la pobreza y la riqueza ha sido la bandera ideológica de las sociedades modernas que reproducen las condiciones del capitalismo.
Los sistemas políticos no se consolidan solo alrededor de las ideologías; la importancia de la guerra y de los dispositivos militares como “argumentos” políticos fue planteada desde el s. XIX por Clausewitz (1832, n.d.). La fuerza militar fue el principal dispositivo utilizado por los sistemas políticos europeos para expandir y defender sus mercados durante el s. XIX, condición que algunos han denominado “Estado de guerra” (warfare state) (Eland: 2013; Shilts: 2006; Vom Hagen: 2010) y que tras la aparente neutralidad de los estados leseferistas era el mecanismo que, en el fondo, aseguraba el orden social de los regímenes liberales. A comienzos del s. XX, la revolución industrial mostraba sus efectos; la producción continuaba aumentando en las potencias industrializadas, pero no así la capacidad de compra de la población, y se generó una sobreproducción de mercancías, que superaba la capacidad de compra de la población; el pánico de los inversionistas afectó también a la población que se vio obligada a restringir aún más su consumo; la crisis económica agravó los conflictos sociales en Estados Unidos y en los países europeos; los gobiernos reorientaron sus recursos hacia la producción de material bélico reduciendo aún más la oferta de alimentos y productos básicos. En Europa, la lucha por los mercados y por las colonias que eran vistas como la tabla de salvación ante la crisis, en un ambiente de sobreproducción, precipitó el conflicto. Tanto la Primera Guerra Mundial, sucedánea de la lucha por la distribución de las colonias desde 1870, como la Segunda Guerra Mundial, asociada a la imperiosa necesidad de expansión de las potencias, destruyeron la infraestructura productiva, reclutaron la mano de obra para el conflicto, impusieron bloqueos al transporte de personas y mercancías, y agravaron la incapacidad de la población para acceder a los medios básicos de subsistencia.
Expuesto a una de sus peores crisis y ante el peligro que le representaba la expansión del socialismo, en el periodo de postguerra y de multiplicación de luchas populares de descolonización, el capitalismo se vio obligado a adaptarse a las exigencias del momento, y a desarrollar nuevos dispositivos ideológicos y políticos para recuperar el orden de los mercados competitivos sin poner en peligro las libertades individuales. Uno de estos dispositivos fue el “estado keynesiano”, modelo político y económico de gobierno, que se responsabilizó de intervenir la economía y resolver la crisis de los mercados. Los fundamentos del modelo keynesiano son complejos, pero en el fondo apuntan a tres objetivos interdependientes: mejorar el consumo, asegurar la reproducción y disponibilidad de la mano de obra, y proteger la propiedad privada de los inversionistas. Obligados por la crisis, los sistemas políticos del bloque capitalista se vieron obligados a reconocer a sus gobiernos la competencia para regular la cantidad de dinero circulante mediante sistemas de impuestos y de seguridad social, reglamentar la naturaleza de los valores de uso que pueden comprarse, subvencionar la producción de ciertos bienes y servicios, y proporcionar directamente a la población valores de uso en la forma de servicios públicos a un costo reducido (Gough:1982). Los fundamentos del modelo Keynesiano que propendían por un estado fuerte y regulador de las transacciones, chocaban con los principios fundamentales del liberalismo que limitaban la gestión del Estado a la protección de las libertades individuales (en particular la propiedad privada) y al aseguramiento del orden público requerido por los mercados; en tal sentido fueron
asumidos por el capitalismo como una medida de emergencia obligada por la crisis. El interés de los sistemas políticos se volcó sobre las necesidades básicas insatisfechas de amplios sectores de la población afectados por el conflicto, con la intención de estimular su consumo (Gómez-Arias: 2018).
La noción de bienestar emerge estrechamente relacionada con el modelo keynesiano, como una categoría central que pretendía brindar una explicación legitimadora de la crisis social de la postguerra y canalizar los recursos económicos de forma que se reactivara el mercado. El bienestar se entendió en términos de consumo de bienes centrados en las necesidades básicas de la población, los cuales debían ser provistos total o parcialmente por el Estado: sanidad, educación, vivienda, empleo, pensión de vejez y servicios públicos, con el fin de superar la crisis económica (Gough: 2007). El término estado de bienestar (welfare state) evocaba la superación del estado de guerra (warfare state) al que se consideraba la causa de la crisis y facilitaba la concertación de políticas entre los diferentes partidos: liberales, social democracia, democracia cristiana e inclusive los comunistas. El Bienestar se incorporó al lenguaje oficial de los gobiernos y los organismos internacionales como una nueva utopía que prometía superar la crisis (Gómez-Arias, 2018). Como categoría central del modelo keynesiano, la noción de bienestar ajustaba perfectamente a diferentes inquietudes del momento: En primer lugar, consideraba el bienestar en términos de consumo; en tal sentido, proponer que el modelo económico debía responder al bienestar de la población, en el fondo promovía el consumo masivo de bienes y servicios y constituía uno de los pilares de la reactivación económica; la relación entre bienestar y consumo ha sido destacada por varios autores. Chomsky destaca que los Estados Unidos, con el 5% de la población mundial, consume el 40% de los recursos del mundo. No tienes que ser un genio para descubrir a qué conduce esto. Por un lado, mucho de ese consumo es inducido artificialmente - no tiene que ver con las necesidades reales de la gente, que probablemente estaría mejor y más feliz sin muchas de esas cosas. Si se mide la salud económica por los beneficios, entonces ese consumo es saludable. Si se mide el consumo por lo que significa para la gente, es muy malsano, particularmente a largo plazo.
Una gran cantidad de propaganda empresarial es simplemente un esfuerzo por crear deseos. Esto ha sido bien comprendido desde hace mucho tiempo. De hecho, se remonta a los primeros días de la revolución industrial. Por otro lado, los que tienen más dinero tienden a consumir más, por razones obvias. De modo que el consumo se inclina hacia productos de lujo para los ricos, más que hacia necesidades básicas para los pobres (Chomsky: 2011).
Jorge Bucay lo caracteriza así:
El razonamiento es perfecto. La trampa es maravillosa. Tienes que tener para poder hacer y |tienes que hacer para poder ser. Tú quieres ser, tienes que tener. Dedícate a tener, porque, si no tienes, no haces, y si no haces, no eres. Sin embargo, agrega, este esquema está tan bien pensado por la sociedad de consumo que la secuencia entre estas cosas es cierta, solo que el orden está perversamente invertido (Bucay: 2014).
Y Erich Fromm afirma:
La Gran promesa de un Progreso ilimitado ha sostenido la esperanza y la fe de la gente desde el inicio de la época industrial […] parece que la misma esencia de ser consiste en tener; y si el individuo moderno no tiene nada, no es nadie […] la mayoría considera el modo de tener como el modo más natural de existir, y hasta como el único modo aceptable de vida (Fromm: 1976, pp. 4, 11, 19).
En este escenario, la noción de bienestar confería al capitalismo un rostro humano que escondía su responsabilidad ante la pobreza, y lo presentaba como una alternativa frente al socialismo. El término bienestar (welfare), relativamente novedoso, no era reclamado como propio por ninguno de los partidos y su aparente neutralidad constituía un espacio de concertación entre los grupos políticos que llegaron al poder en Europa. Adicionalmente, el juego de palabras welfare-warfare soportaba la ilusión de superar la guerra y el predominio de los dispositivos militares que habían caracterizado el desempeño de los regímenes europeos
desde el s. XIX. Esta confluencia de intereses alrededor de la noción de bienestar, explica, al menos en parte, la importancia ideológica que este término ha jugado para las democracias liberales como dispositivo para el control social, no solamente durante el período en que el capitalismo se recuperó de su crisis sino en sus momentos posteriores. En los países europeos, donde el liberalismo había impulsado desde el siglo XIX una fuerte concepción de ciudadanía y de derechos civiles, las necesidades básicas se fueron configurando como derechos humanos (Gómez-Arias: 2018; OMS, 2006). El modelo bienestarista cumplió su cometido de salvar al capitalismo de la crisis. En menos de 15 años la concentración de la riqueza experimentó una aceleración tan marcada, que ha recibido el nombre de “edad de oro del capitalismo” (Gough: 1982; Esping- Andersen:1996). El Bienestar queda posicionado, aunque sobre bases frágiles y provisionales, como una especie de mal necesario para asegurar el crecimiento económico, con el daño colateral que provoca al instalarse extensamente en el inconsciente colectivo como una especie de derecho humano, algo impracticable.
Desde mediados de la década de 1980 hasta nuestros días, recuperado de la crisis y fortalecido por la reactivación de los mercados el capitalismo buscó nuevas fuentes de expansión.(Gómez-Arias: 2018) Los inversionistas descubrieron en el control de los bienes y servicios públicos el desarrollo futuro del capitalismo; pero apropiarse de este negocio implicaba desmontar los Estados de bienestar y debilitar los controles sobre la concentración de la riqueza. “La figura del bienestar social como objetivo de las políticas gubernamentales, fue reemplazada por la noción de desarrollo social, entendido como crecimiento financiero, que era más compatible con las aspiraciones del capitalismo clásico” (Ibíd.:, p. 103).
Inspirado en las teorías de Friedman, y con apoyo del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Gobierno norteamericano y los grandes grupos financieros, el capitalismo retornó a la ortodoxia liberal imponiendo en el mundo una forma más agresiva de concentrar la riqueza, mediante el debilitamiento de los gobiernos de la periferia y la privatización de los bienes públicos que ha recibido el nombre de “neoliberalismo (Ibíd.:, p. 103).
Desde los ideólogos del capitalismo, que percibían en los controles estatales un obstáculo para la concentración de la riqueza, el paradigma keynesiano fue acusado de estático, paternalista, ineficaz, ineficiente y burocratizado. Superada la crisis, el capitalismo dejó de considerar el bienestar como asunto público, e impuso su propuesta desarrollista de fortalecer el crecimiento económico en espacios sociales donde los agentes económicos pudieran competir por los recursos sin controles externos (Ibídem).
Al inicio de los 70s, el boom económico postguerra – basado en la lógica Keynesiana - había llegado a su fin. Durante la década de 1950 y los “dorados sesentas” – un periodo de desarrollo económico sostenido y de crecimiento productivo – las corporaciones transnacionales se habían convertido en un poderoso sector de la economía mundial, con inversiones y producción expandida en decenas de países. El crecimiento de la productividad, la capacidad de producción subutilizada y las utilidades disminuían. Los mercados se encontraban saturados y aparecían los primeros signos de una crisis de sobreproducción. La decisión de la OPEC de incrementar el precio del petróleo, exacerbó las tensiones, desencadenando una crisis económica plena (Shutt: 1998).
Desde la recesión de 1974-75, la tendencia económica general fue de una declinación a largo plazo, con tasas de crecimiento reales en las economías industrializadas cayendo desde un promedio de 4,9% por año
en los 60 a un 3,8% en los 70 y a 2,7% en los 80. La paralización de inversiones en el área productiva durante inicios de los 70 llevó a los bancos occidentales a realizar préstamos de billones de dólares a países del tercer mundo, en la medida en que las tasas de interés comenzaban a caer en picada. El aumento del precio de las materias primas, la mayor fuente de exportación de los países dependientes, generó un crecimiento económico por encima de sus contrapartes industrializadas en los últimos años de la década del 70 (Amin, et al: 1982). En los inicios de los 80 se produjo una recuperación de las economías de los países industrializados. Sin embargo, las tasas de interés en incremento y la caída de los precios para las exportaciones hacían imposible el pago de las deudas para los países del hemisferio sur. En 1982, México abandonó el pago de sus deudas, evento que amenazó el sistema internacional de créditos (Boughton: 2001).
Para asegurar su recuperación y crecimiento económico, los Estados Unidos de Norteamérica (EUA) impusieron drásticos esquemas de liberalización. El presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher fueron los exponentes más beligerantes para impulsar estas políticas a nivel global a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Durante los 80 el neoliberalismo se convirtió en el paradigma económico dominante a nivel mundial (Cockett: 1995). En nombre de una gobernanza financiera inteligente, el FMI y el Banco Mundial condicionaron los nuevos créditos a una reducción del sector público, disminución del financiamiento social, etc., en línea con el pensamiento neoliberal, llevando a una espiral de endeudamiento progresivo a fin de poder pagar los servicios de la deuda. La dependencia de préstamos externos se incrementaba, profundizando las crisis de los países endeudados (Chossudovsky: 1998; UNCTAD: 1993).
En la política internacional, la década de los 70s fue un periodo de mucha contradicción y debate internacional, en el cual muchos países del sur se unieron con países del bloque del Este en el G-77. Fueron capaces de colocar la necesidad de un nuevo orden económico internacional (NOEI) en la agenda de las Naciones Unidas. Este concepto de NOEI ilustró la creciente unidad de los países del Sur, y su oposición frente a la dominación política y económica occidental en el plano mundial.
La reacción del mundo capitalista fue implacable. Los golpes militares se multiplicaron. En América Latina, el caso de Allende en Chile fue tal vez el ejemplo más claro. Estos golpes tenían como objetivo fundamental la incorporación del continente en el modelo económico de los Estados Unidos, resultando en un largo proceso de ‘neo-colonización’ de América Latina. La represión, las protestas, y el aislamiento internacional implicaban que el modelo requería un refrescamiento urgente que le permitiera mantenerse y paliar el costo político, y sobre todo estructurar un discurso con fundamento en ideas y postulados percibidos como contrarios a la ideología totalitaria. Echar mano del Liberalismo es la opción escogida. El Neoliberalismo
(…) debe entenderse como un programa continental de articulación de la fuerza social, que fue producto de un proceso histórico de disciplinamiento riguroso de la sociedad civil y sus relaciones políticas. De este modo, la instalación regional del neoliberalismo describe un acontecimiento político más que económico, puesto que las llamadas políticas económicas puestas en práctica a lo largo de este proceso de militarización –privatización, desregulación, liberalización, descentralización, por nombrar algunos lugares comunes– constituyen, en rigor, una economía política que tuvo como principio el desmantelamiento del Estado nacional y su estructura ideológica como promotor exclusivo del desarrollo económico (Serrano: 2010, p. 177).
Una meta-política que se materializó en políticas públicas de Estado orientadas a hacer de los Derechos Sociales bienes negociables.
En nuestra América Latina, primero en Panamá en 1956 y luego en Punta del Este en 1961, se marcó el rumbo de nuestros países hacia el llamado desarrollismo con la Alianza para el Progreso, el Desarrollo desplazó claramente al Bienestar como la utopía a perseguir (en el caso de América Latina), y es con el desarrollismo y sus principios con lo que se comprometen las oligarquías neocoloniales latinoamericanas. El
desarrollo social es valorado en términos del crecimiento del PIB, la concentración de la riqueza y el incremento en el consumo con cargo al salario. El Bienestar estará ausente del discurso y de la acción de los gobiernos Latinoamericanos durante los sesenta y los setenta; por el contrario, los presupuestos militares y los gastos en defensa predominaron sobre salud, educación y políticas sociales. Los Derechos Sociales se difuminan en el furibundo discurso desarrollista de los gobiernos latinoamericanos del momento, y la satisfacción de las Necesidades Básicas de la población es legitimada como beneficencia pública (subsidios) y no como una obligación de los gobiernos en la figura de Derechos Sociales, contrastando con la acción de los gobiernos de Europa en la postguerra en el marco del Estado de Bienestar. Clientelismo político y corrupción son las modalidades preferidas como dispositivos de expoliación/dominación, acompañadas por Golpes de Estado de corte militar en aquellos casos en los que la paz social se sale del control de
(…) las élites occidentalizadas del mundo colonial, periférico, que terminaron por convencerse a sí mismos, y enseñaron su «propia desaparición», por ser las mediaciones del Poder metropolitano sobre sus propios pueblos colonizados. Las clases dominantes se occidentalizan, traicionan su historia, y crean el espejismo de que hay una cultura universal, la de la Modernidad europea, ya que está presente en todo el mundo, primero colonial, y, posteriormente, postcolonial (Dussel: 2007, p. 208).
Desde mediados de los años 70 se buscaba desesperadamente un bálsamo para disimular el impacto de los golpes de Estado del 54, 64, 71, 73, 76, en Paraguay, Brasil, Bolivia, Chile, Argentina, Perú, y del Plan Cóndor y los miles de asesinados-desaparecidos en nombre de la Libertad. De acuerdo con Serrano, “la toma violenta del Estado y el poder político, se convirtió, desde la década de 1960 en una práctica recurrente de las instituciones de defensa nacional, constituyéndose no sólo en actores fundamentales del proceso de cambio que sufrió el continente, sino en garantes del curso irreversible que este proceso adoptó en los años siguientes” (Serrano: 2010, p. 176). La crisis de la deuda – y las medidas impuestas por el FMI
– no dejaba mucho margen para la jugada neocolonial, que no tenía muy claro cómo apretar los cinturones de manera elegante para recuperar los préstamos que financiaron el desarrollismo. La inversión nacional, o gasto social como fue llamado, era imperdonable. La receta neoliberal (fachada del neocolonialismo), deviene en la fórmula más aceptable. Alma Ata, la Trilateral, y otros pasos que se dan hasta llegar al Consenso de Washington, buscan imponer/implantar pacíficamente la disciplina fiscal en América Latina.
De un enfoque de bienestar integral a un enfoque técnico selectivo
La muy necesaria implementación de las políticas de “salud y bienestar para todos” concebido en Alma Ata no podía ser realizada en el sur (OMS: 1978). En 1978, la mayoría de los países del sur lograron imponer una visión integral en Alma Ata, refiriéndose a los conceptos de salud y bienestar. Pero ya en 1979, con apoyo de la Rockefeller Foundation, se forzó un cambio de la visión de APS integral a una visión de APS selectiva. Walsh y Warren habían lanzado su propuesta para una “atención primaria en salud selectiva” Esta aproximación quitaba todo concepto de integralidad del concepto de salud y bienestar. Se planteaba una alternativa “más realista” de intervenciones técnicas costo-efectivas, reemplazando la “costosa y no realista” atención en salud y bienestar integral (Walsh & Warren: 1979; Newell: 1988). Ello sustraía a la atención primaria en salud de su compromiso comunitario, cambio social amplio y visión redistributiva (Baum: 2007), limitando su contenido a intervenciones selectivas y “paquetes mínimos” de bajo costo a nivel primario. Además de su potencial para el recorte presupuestal, las agencias internacionales también apreciaban el potencial de la “participación comunitaria” para neutralizar la resistencia a las reformas socioeconómicas impuestas (Cornwall & Brock: 2005). Asimismo, el sistema de salud experimentó una serie interminable de reformas: el financiamiento del sector público debía ser reducido gradualmente, llevando a un deterioro de
los servicios públicos y la introducción de pagos por los usuarios se convirtió en el mecanismo para el financiamiento de los servicios a todos los niveles del sistema de salud. Estas barreras financieras han sido identificadas como importantes fuentes de exclusión para el acceso al cuidado en salud, y lo que logran es hundir económicamente de manera rápida a las familias de los afectados que viven en la pobreza. Los ochenta y los noventa serían testigos del ensayo de múltiples variantes de la receta neoliberal en nuestros países, con la secuela de hambre, miseria, y algunas reacciones por parte de la población, como el llamado Caracazo de 1989, por ejemplo, que dejó más de cinco mil muertos y desaparecidos por la represión a las protestas contra la aplicación del paquete neoliberal en Venezuela. En este sentido, debemos tener presente que, a pesar de ser un Programa para toda la Región, sus ritmos de aplicación, así como las reacciones particulares en los países, fueron diferentes (Villasana: 2005).
Llegamos al final de los noventa, y se inicia un proceso de instalación de gobiernos de corte progresista hasta en diez países del subcontinente. El nacimiento del ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de América), Celac, Unasur, y otros mecanismos regionales de integración latinoamericana prenden las alarmas, y la respuesta no se hace esperar. Analistas de la situación señalan que: “Todo indica que al menos en América Latina, EEUU pasó del “hard power”, poder duro, al “smart power”, poder inteligent. Vale decir, EEUU seguirá defendiendo sus intereses, esta vez con un fuerte protagonismo, no de militares, sino de civiles que se identifiquen con su proyecto de sociedad neoliberal y defiendan los privilegios de la élite”. (Ruiz: 2016, p. 1). Se mantiene y refuerza la alianza entre los intereses de la élite local y de los EEUU. Lo que cambia son los métodos. Ya no golpes de estado abiertamente, sino manipulación a través de medios de comunicación nacional e internacional. Las noticias sobre Venezuela son un ejemplo claro. Los medios están divididos en 2 campos opuestos, como si se tratara de 2 países diferentes.
Violentos o inteligentes, disfrazados de legalidad o no, los golpes de estado han sido el mecanismo que EEUU y las oligarquías nacionales utilizan para recuperar el poder cuando sectores progresistas o populares, por la vía de la democracia occidental, representativa, acceden al gobierno, y comienzan a realizar reformas sociales que buscan el bienestar de amplias mayorías. Entre 2002 y 2016 se intentan (concretándose en algunos casos) golpes de Estado en Venezuela (2002), Haití (2004), Bolivia (2008), Honduras (2009), Ecuador (2010), Paraguay (2012), y Brasil (2016). En palabras del Presidente Zelaya de Honduras, “Latinoamérica entra con Chávez en dos décadas de profundas reformas en el sistema, y lógicamente tienen que detenerlas”. Por su parte, en una entrevista de Julían Assange al Presidente Correa este último expresó: “Vea, como dice Evo Morales, el único país que puede estar seguro que nunca va a tener golpes de estado es EEUU, porque no tiene Embajada estadounidense” (Ibíd.: p. 1).
Hoy la Fundación Nacional para la Democracia (NED) y la Agencia de los EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID), entre otras iniciativas, juegan un papel muy importante, en conjunto con la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), entre otras. El objetivo es el mismo, seguir defendiendo sus intereses. La “paz social” reinante en algunos países confiados al cuidado militar desde los 70, junto a la complicidad de las oligarquías gobernantes en otros, pavimenta el camino del neoliberalismo hasta finales de los 90; y la naturalización de nuevos significados del Bienestar protagonizará el proceso de suplantación progresiva del dispositivo Clientelismo/gobiernos militares, efectivo en las décadas de los 50, 60, y 70, pero ya difícil de sostener desde mediados de los 80, por el dispositivo Bienestar/Éxito desde los 80 y 90, (cuando se inician los Programas de Reforma de los Estados), hasta nuestros días. Sin embargo, con el correr de los tiempos estos Programas (ajuste) comienzan a generar resultados no esperados en referencia a los postulados que habían sido asumidos por los liberales de nuevo cuño. El Bienestar de toda la Sociedad que promete el Liberalismo, deviene en aumento de los índices de pobreza en la mayoría de los países, disminución de la inversión social y las responsabilidades del Estado, así como del florecimiento de monopolios y oligopolios depredadores de los recursos de los países objeto de los Programas de Reforma.
En estas circunstancias la resignificación del Bienestar es urgente para hacer sostenible el discurso neoliberal. En el caso de la salud, se hace evidente el propósito de desmarcarse del concepto de salud
centrado en el Bienestar propuesto por la Organización Mundial de la Salud en 1948, y ratificado en la Declaración de Alma Ata del 78 y reorientada en el 79. Esta resignificación y relativización de la Salud (el Bienestar), ajustado además a los postulados de APS, y lo que sea considerado como esencial y costeable para cada país, van a legitimar y despejar, en articulación con otras políticas y medidas, el camino a la privatización de la esfera de lo público; paradójicamente de la mano de la participación de la ahora llamada Sociedad Civil. La capacidad de reinventarse del colonialismo, que podríamos caracterizar como resiliencia, no tiene límites.
Al hablar de Bienestar, en el afán reduccionista de objetivarlo, medirlo, predecirlo, dosificarlo y poder negociarlo, se le arrincona al campo de la salud, o mejor de la enfermedad, para eludir hablar de Bienestar en otros ámbitos, donde se le cuantifica o califica como calidad de vida… standard de vida… Tácticas elusivas que diluyen el sentido de la noción. La naturalización de la desigualdad y la desnaturalización-expropiación del Bienestar son esencialmente recursivas. Que deje de ser un constructo social de carácter subjetivo permite, al cosificarlo, hacerlo objeto de mercado, transmutarlo, secuestrarlo, y usarlo como dispositivo de colonización y dominación. En su nueva condición de Bien negociable, el bienestar deviene en indicador para la naturalizada estratificación social, y por añadidura el Malestar debe ser aceptado como un atributo normal en la medida que corresponde a cada clase. El Bienestar en términos de “calidad y/o expectativa de vida” favorece la estratificación del mismo, naturalizando de paso al Malestar, del cual no se habla. No se construye Bienestar sino el “No Malestar”; el Bienestar se define desde el malestar, siendo el binomio salud-enfermedad el más claro ejemplo. No Malestar que deriva socialmente en no molestar: no Bienestar sin hacerse problema por ello. No molestar, no pensar en el Bienestar como asunto político, sacarlo del juego y garantizar “la paz social”. El Bienestar globalizado se hace irreal, utópico, inalcanzable en el infinito. El consuelo es el No Malestar materializado en cosas, en tanto podamos pagarlo.
Del Bálsamo del Consumo
Malestar es sufrimiento, insatisfacción de no poseer cosas, incapacidad de conseguirlas, Fracaso; en tanto Bienestar (No Malestar), es resignificado como poseer, ser exitoso/a. El Éxito traducido en consumo se constituye en el placebo para la necesidad de Bienestar. Se asemeja al Síndrome del Miembro Fantasma y el artilugio de la caja de espejos que alivia el dolor en el miembro amputado; nos curamos con la ilusión del Bienestar, consumiendo cosas. En el proceso de colonización de nuestra vida nos siguen intercambiando vida, bienestar y felicidad, por espejitos y cuentas de vidrio. La Felicidad-Bienestar como fin último de la vida de los seres Humanos es objeto de una suplantación interesada con el nuevo binomio No Malestar-Éxito.
Del Bienestar al Éxito, suplantación del sentido
Aristóteles en su Ética Nicomaquea (1098 b, 13-18) recoge una doctrina antigua y aceptada por la mayoría de los filósofos, «según la cual los bienes se clasifican en tres tipos: los bienes externos, los bienes del cuerpo y los bienes del alma o psíquicos». Estos tres tipos de bienes parecen contribuir de diferentes maneras al bienestar total de una persona. En la Política (1323 a 24) sostiene que «estos tres ingredientes tienen que hallarse presentes para hacernos dichosos». La posesión de cada uno de estos tipos de bienes daría lugar a diferentes modos de bienestar: el bienestar exterior o material, el bienestar corporal (salud y belleza física) y el bienestar interior o anímico (Valdéz: 2010). En el Neoliberalismo el sentido del Bienestar se va desplazando progresivamente a la posibilidad de consumo de Bienes, también los corporales y los del
alma. El Bienestar entra al Mercado, ya cosificado, y se hace rentable. Ahora es posible encontrarlo en los estantes de los supermercados y las tiendas de electrodomésticos, está al alcance de todas/os, en tanto puedan pagarlo. El foco se concentra en la posesión de los bienes externos de carácter material, y las otras dos categorías de bienes, siguiendo a Aristóteles, son externalizadas y objetivadas para hacerlas negociables como mercancía, y poder hacer uso de ellas como dispositivo de control. Sin embargo, surge un “pequeño detalle”, los más de siete mil millones de seres humanos no podemos acceder “al mismo bienestar”, pues hasta los cálculos más optimistas reconocen que los recursos del planeta no son suficientes para satisfacer un bienestar basado en el consumo infinito de la utopía del Mercado y lograr que los más de siete mil millones flotemos en la abundancia.
Es imperativo naturalizar la desigualdad, y tendremos Bienestar para unos pocos a costa de que otros muchos tengan oportunidad de acceder a modelos más modestos de bienestar en el marco de la paz social, eso es natural. El Bienestar como dispositivo de dominación y control funciona con el sustento de la desigualdad naturalizada.
Del perfeccionamiento del dispositivo Éxito-Bienestar-No Malestar
El Éxito es en esencia una categoría de carácter individual, y cercano, más no equivalente al Logro, el cual podría también tener connotación colectiva. Veamos.
En la competición atlética, una carrera de 200 mts. por ejemplo (que tomaremos como analogía), no todos llegan a la meta en el primer lugar como triunfadores en la prueba, otros llegan en segundo, tercer lugar o hasta pudieran ser descalificados. No todos alcanzan el éxito, por lo menos no en el mismo grado, y sin embargo todos aceptan el resultado, esas son las reglas. La asociación intencionada con el Éxito, saca al Bienestar de la categoría de logro colectivo, reposicionándolo en la esfera de lo individual, y haciendo natural que no todos tengamos el mismo grado de Bienestar, dado que no todos pueden llegar de primero, eso es natural.
Pero el binomio Éxito-Bienestar, como dispositivo, es un excelente estímulo a la competencia y al culto al individualismo; la colaboración colectiva quedó atrás, descalificada. Siguiendo con nuestra analogía, el Éxito-Bienestar, lo logran los más capaces, los mejor preparados para la competencia, y el resto nos debemos conformar con menos Éxito-Bienestar. En cuenta, además, de que para que haya un ganador en la carrera se necesitan perdedores, que, por supuesto podrían ganar en una próxima oportunidad, esa es la regla. Por eso trabajamos jornadas de hasta 16 horas diarias, para costear el entrenamiento de nuestros hijos para la carrera. Así también, algunos de nosotros nos consideramos incapaces de lograr el Éxito, estamos descalificados antes de comenzar, y lo asumimos, pues como señalamos antes, el logro del Éxito es responsabilidad individual y personalísima, y por lo tanto el Fracaso también.
“Para combatir la decepción, las sociedades tradicionales tenían el consuelo religioso; las sociedades hipermodernas utilizan de cortafuegos la incitación incesante a consumir, a gozar, a cambiar” (Lipovesky: 2008, p. 23). Durante varios siglos las iglesias han justificado el Éxito de unos pocos y el Fracaso de muchos, por ser esa la voluntad de Dios. Al perder vigencia el dispositivo divino, vemos como en nuestros días el No Malestar-Consumo es el bálsamo que garantiza la paz social.
Añade Lipovesky que
(…) hoy casi todo el mundo aspira a participar en el orbe del consumo, el ocio y las marcas. Todos, al menos en espíritu, nos hemos vuelto hiperconsumidores”. (Lipovesky: 2008, p. 29). Pero los que no pueden tener acceso a él viven sintiéndose frustrados, humillados y fracasados con la sensación de subsistir, de sub-existir, entre quienes no participan en la «fiesta» consumista prometida a todos. La sociedad de consumo nos condena a vivir en un estado de insuficiencia perpetua, a desear siempre más de lo que podemos comprar (Ibíd.: p. 30).
El Éxito-Bienestar estimula la competencia, y a la vez legitima la desigualdad. Un eficiente dispositivo de dominación, que naturaliza nuestra condición de colonizados. Pues quienes no lo logramos es debido a nuestra incapacidad, muy personal, y que por supuesto no tiene nada que ver con los procesos de determinación social que defienden algunos intelectuales trasnochados. En ese sentido el Bienestar no puede ser un derecho social, pues el Éxito es un logro que se consigue con el entrenamiento, el esfuerzo, el tesón… como en las películas. Y este dispositivo termina siendo validado por sus usuarios finales (¿víctimas?), capaces de entregar su vida y su muerte por este espejismo tan bien diseñado.
Reseña Galeano:
Se sucedieron victorias y derrotas; por fin, traicionado y capturado por uno de sus jefes, Túpac Amaru fue entregado, cargado de cadenas, a los realistas. En su calabozo entró el visitador Areche para exigirle, a cambio de promesas, los nombres de los cómplices de la rebelión. Túpac Amaru le contestó con desprecio: Aquí no hay más cómplices que tú y yo; tú por opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte (Galeano: 1971, p. 26).
Nuestra aceptación y autoreconocimiento-identificación como colonias, periferia, no centrales, es condición no suficiente, pero necesaria, para pensar en la descolonización, por eso insistimos en hacerla bien visible. La desesperanza y el conformismo parecen generalizarse, sólo lo parecen. Pues subsumida a la hegemonía neoliberal retoñan por doquier nuestros valores y cosmovisiones ancestrales. Como dice Lipovesky, la “máquina integradora” (el Bienestar-Éxito como dispositivo) parece haberse dañado, y ya no funciona tan bien porque millones de Tupac Amaru nos negamos a seguir legitimándola. Porque el Bienestar puede ser otro, el que nos inventemos nosotros mismos sin entregar nuestros recursos naturales a las transnacionales de la corrupción, reaprendiendo a valorizar nuestro tiempo de ocio, la vida familiar, disfrutar de los alimentos que nos dan placer y que tienen significado para nosotros, y no sólo nos matan el hambre. Así en un corto período de reflujo contrahegemónico comienzan a posicionarse visiones alternas de la Vida y el Bienestar en nuestro continente; las constituciones de Bolivia y Ecuador en particular lo reflejan de esta manera:
Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia: “Artículo 8. I. El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble). II. El Estado se sustenta en los valores de unidad, igualdad, inclusión, dignidad, libertad, solidaridad, reciprocidad, respeto, complementariedad, armonía, transparencia, equilibrio, igualdad de oportunidades, equidad social y de género en la participación, bienestar común, responsabilidad, justicia social, distribución y redistribución de los productos y bienes sociales, para vivir bien (Constitución Política de Bolivia).
Y la Constitución del Ecuador que establece: “(…) una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay” añadiendo en su Art. 14.- Se reconoce el derecho de la población a vivir en un ambiente sano y ecológicamente equilibrado, que garantice la sostenibilidad y el buen vivir, sumak kawsay (Constitución de Ecuador).
A este respecto, Bertrand Richard en el Prólogo del libro La sociedad de la decepción, sobre la entrevista a Gilles Lipovetsky, sostiene que “cuanto más dominamos nuestro destino individual, más posibilidades tenemos de inventar nuestra vida, más accesible nos parece la armonía y más insoportable y frustrante nos parece su terca negativa a presentarse. Esto es el imperio de la decepción” (Lipovetsky: 2008, p. 10). El
propio Lipovetsky argumenta que “tal es la felicidad paradójica: la sociedad del entretenimiento y el bienestar convive con la intensificación de la dificultad de vivir y del malestar subjetivo. Cuanto más aumentan las exigencias de mayor bienestar y una vida mejor, más se ensanchan las arterias de la frustración”. (Ibíd.: 19). Decepción/frustración que serían acicate para nuestros esfuerzos.
Descosificar el Bienestar puede ser descolonizar nuestra vida, reconstruir una racionalidad nuestroamericana, resignificar el Vivir Bien – Estar Bien, transitar del Éxito individualista a la Armonía colectiva con el Universo, Armonía que no es un planteamiento exótico de nuestros hermanos del altiplano sino una realidad que los dispositivos de dominación como el Éxito-Bienestar no nos permiten ver, construir la Epistemología del Sur que nos indica Santos, una Epistemología de la Esperanza, una Epistemología Soberana.
Frente a quienes sentencian “que el dilema para las culturas es: occidentalizarse en la globalización postmoderna o desaparecer irremediablemente”, Dussel plantea que esta aparente dualidad no es tal, pues subsumidas, sincretizadas, y sobre todo dominadas, han sobrevivido en un proceso que llama transmodernización,1, y añadimos que de hecho la desaparición es nula como hipótesis, pues la modernización y postmodernización de las potencias imperiales ha sido y es hoy posible a expensas de la expoliación de los recursos de “aquellas culturas, o estratos no modernizados, modernizados a medias, contra-modernos, o simplemente abandonados por la Modernidad como inasumibles, descartables en su miseria” (Dussel: 2007, p. 207).
Dussel propone que la alternativa “debe ser «realista», «históricamente» situada, inteligente en cuanto
al diagnóstico de la situación, creativa en la solución al pretendido dilema, ya que no se trata de: asimilación o extinción, propone la «trans-modernidad», una alternativa imposible a la Modernidad y Postmodernidad (por estar fuera de sus posibilidades), y posible y creativa a partir de la «exterioridad» de dicha Modernidad, pero en diálogo permanente con ella. Partir del núcleo generador de nuevos desarrollos culturales, de la tradición viviente de las culturas Diferentes de la Identidad moderna, surgiendo desde la nada de la cultura hegemónica, desde el no-ser de la Modernidad, desde el más allá del límite de su ontología; de la otra cultura, la que nunca fue occidental. “Por ello, el desarrollo de esa posibilidad del Otro es una imposibilidad de la Modernidad. Una cultura futura pluriversa, por una vía que recorre un camino por fuera del proceso que desarrolló la Modernidad” (Dussel: 2007, p. 21).
Al referirnos al Bienestar encontramos una limitación inicial para su correcta interpretación desde la misma definición semántica del término; ya que en inglés “well-being” que literalmente se referiría a bien- estar (por su traducción) también abarca al “ser” ya que en inglés al verbo “to be” le corresponden el “ser” y “estar” como traducción, de allí que, integrando ambas dimensiones, debemos asumir el término en una acepción integral: ser y estar bien. (Pena: 2009). El Bienestar puede ser entendido en su naturaleza como una condición, un estado individual y social al mismo tiempo. Pero, ¿qué caracteriza a este estado-condición? El Reduccionismo ha tratado de objetivarlo tanto en lo individual como en lo colectivo, creando la ilusión de satisfacción de necesidades a través del consumo, que permitan sentirse bien, sin necesariamente ser y/o estar bien. Esto ha estado sujeto a la condición de ser susceptible de medición, con la intención de predecir
1 Dussel lo argumenta de la siguiente manera: “Más allá de la condición postmoderna (propia de las culturas modernas del «centro»), pienso que ante nuestros ojos se desarrolla un fenómeno que deseo llamar transmoderno. Lo de «trans» quiere indicar que no sólo es posterior a la Modernidad central occidental, sino que nace fuera, más allá, desde una «fuente creadora» «desde la nada» de la cultura occidental y aun de su «condición postmoderna» (último momento crítico interno de la misma Modernidad) (Dussel: 2007, p. 210).
su comportamiento (dispositivo de control). La visión compleja, que ve al Bienestar como una condición individual y colectiva, trata de entenderla como un estado de Armonía del ser humano como sistema individual, que no es posible en un colectivo que a su vez no es armónico. Esta característica estaría en las condiciones de posibilidad (autodefinidas y construidas individual y colectivamente de manera soberana), para el desarrollo de la autonomía y de las capacidades humanas, como producto de decisiones de los ciudadanos y las sociedades. Pensar el Bienestar como aquel estado-condición multidimensional que cada complejo unitario ser humano-sociedad llegue a definir de manera autónoma para sí mismo, por supuesto en armonía con el/los sistemas de mayor complejidad en los cuales se constituya. No sólo en torno a los fines (qué Bienestar quiero lograr), sino a los probables medios para conseguirlos (Villasana: 2006). El Bienestar como estado-condición, individual y colectivo, como propiedad emergente de carácter dinámico y multidimensional, que permite el desarrollo de las autonomías individuales y colectivas en Armonía, y que nos muestra indudables similitudes con lo planteado en las Constituciones de Bolivia y Ecuador antes citadas.
De acuerdo con Fromm, y pensando en la Armonía, en las actuales sociedades industriales ricas parece que la misma esencia de ser consiste en tener; y si el individuo no tiene nada, no es nadie. En ese sentido la tentación es por no avanzar, permanecer donde estamos, retroceder, apoyarnos en lo que tenemos, podemos aferrarnos y sentirnos seguros en ello. Sentimos miedo, y evitamos dar un paso hacia lo desconocido, hacia lo incierto; porque, aunque dar un paso no nos parece peligroso después de darlo, antes de hacerlo nos parecen muy peligrosos los aspectos desconocidos, y por ello nos causan temor. Sólo lo conocido, es seguro, o por lo menos así parece (Fromm: 1976) Estamos frente a un problema político, no semántico, una crisis de las nociones básicas de la Cultura Occidental, entre ellas la de Bienestar. El cambio cultural que fue capaz de producir el neoliberalismo, la cultura del Éxito y el Consumo, y la dinámica clientelar individualista fundada en el chantaje. Esa indiscutible capacidad de digestión y transmutación de nuestros valores ancestrales, que, con sus métodos pacíficos, o no, le permitió colonizarnos, requiere respuestas orgánicas hacia un nuevo cambio cultural que desintoxique, reivindique y revalorice el Buen Vivir, que descolonice nuestra vida liberándola del chantaje consumista, que recupere los valores colectivos que hacen posible de manera recursiva la felicidad individual. Trascender la cultura política clientelar neocolonial por la vía de Pensar y Producir Vida y Conocimiento de otra manera, desde otros espacios y con otras/os actores. La descolonización implica democratización en la producción y ejercicio de los saberes como mecanismo de construcción de una Cultura del Bienestar-Buen Vivir desde el ejercicio del Poder Popular. Es la conquista del Poder y no sólo del Gobierno de nuestras naciones, superando a lo institucional como obstáculo de la cultura clientelar ante la necesaria resignificación de la Vida. La Propuesta no es por una nueva transición, es por una Ruptura descolonizadora desde las realidades particulares de cada nación.
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