Volumen 34 No. 1 (enero-marzo) 2025, pp. 132-147

ISSN 1315-0006. Depósito legal pp 199202zu44

DOI: 10.5281/zenodo.14510503

Proceso de democratización en Europa del Este: diferentes escenarios de cambios sociales

Izabela Tkocz* y Jesús Trujillo Holguín**

Resumen

El objetivo principal de esta investigación es generar conocimiento sobre el proceso de democratización que se dio en países de Europa del Este, después de la caída del llamado bloque socialista. Se tiene una fuerte convicción de que este tipo de estudios permiten comprender mejor la historia, los mecanismos que la mueven y la universalidad de ideas que acompañan a los seres humanos. Se trabaja con el método histórico, donde el uso de las fuentes primarias fue restringido por la distancia geográfica y solo se consultaron las disponibles en soporte digital abierto. Se recurrió también a las fuentes secundarias que permitieron conocer a fondo los diferentes aspectos del proceso de democratización que se dio en los países de Europa de Este, después de la caída del Muro de Berlín. Se reflexiona acerca de los cambios democráticos que se iniciaron en Europa del Este hace ya casi treinta y cinco años y que abarcaron diferentes áreas de la actividad humana: políticas, económicas, culturales, sociales e internacionales. El artículo ofrece un estudio sobre el efecto de democratización en los países del ex bloque del Este, desde la perspectiva de los diferentes escenarios en que se desarrolló el proceso. En el presente estudio se ofrecen las características y detalles que ofrecen un alto grado de novedad y proponen nuevos elementos para el debate académico.

Palabras clave: Proceso democrático; transformación social; cultura política; cambios sociales; Europa del Este

*Universidad Autónoma de Chihuahua. México

ORCID: 0000-0002-3973-2888

E-mail: itkocz@uach.mx

**Universidad Autónoma de Chihuahua. México

ORCID: 0000-0002-6738-1878

E-mail: jatrujillo@uach.mx

Recibido: 13/10/2024 Aceptado: 07/12/2024

Democratization process in Eastern Europe: different scenarios of social change

Abstract

The main objective of this research is to generate knowledge about the democratization process that took place in countries of Eastern Europe after the fall of the so-called socialist bloc. There is a strong belief that this type of study allows for a better understanding of history, the mechanisms driving it, and the universality of ideas that accompany human beings. The historical method was employed, where the use of primary sources was restricted due to geographical distance, and only those available in open digital formats were consulted. Secondary sources were also used to gain an in-depth understanding of the various aspects of the democratization process that occurred in Eastern European countries after the fall of the Berlin Wall. Reflection is made on the democratic changes that began in Eastern Europe almost thirty-five years ago and encompassed different areas of human activity: political, economic, cultural, social, and international. The article provides a study on the effect of democratization in the countries of the former Eastern Bloc from the perspective of different scenarios in which the process developed. In this study, the characteristics and details are offered that provide a high degree of novelty and propose new elements for academic debate.

KeywordsDemocratic process; social transformation; political culture; social change; Eastern Europe

Introducción

El objetivo principal del artículo es el análisis de la evolución del sistema político en los países de Europa del Este, que se dio a finales de los años ochenta del siglo pasado. Este proceso fue definido en las ciencias sociales de diferentes maneras como: democratización, transformación, transición, capitalismo, modernización o europeización. Todos estos términos fueron usados por diferentes autores (Ash, 1990; Bozóki, 1992; Huntington, 1995; Balcerowicz, 1997; Tismaneanu, 2000; Staniszkis, 2001; entre otros), que se dedicaron a estudiar el fenómeno que se presentaba en el ex bloque socialista en sus respectivos periodos. Los investigadores principalmente se concentraban en la importancia del rechazo de los gobiernos llamados comunistas y la evolución rumbo a la democratización del poder y en el cambio en la economía, desde el mercado socialista controlado por el gobierno central, al mercado libre capitalista. Se han fijado también en la modernización del aparato administrativo y político. Muy importante fue el cambio en la política internacional, el giro que se dio desde Moscú hacia Bruselas, la desaparición del Pacto de Varsovia y del Consejo de Ayuda Mutua Económica y al mismo tiempo la reorientación hacia la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Unión Europea. Desde los primeros análisis de cambios, se presentó la falta de un modelo de transformación de los países de Europa del Este, lo que se justificó en que el carácter y rango de la transformación dependían de diferentes condiciones internas (Przeworski, 1995), como las relaciones con Europa Occidental, varias veces remontadas en el pasado, como la cristianización que vino desde Roma (latina) o desde Bizancio (griega) y todas las repercusiones que tenía en la tradición estatal, democrática, cultural y el nivel de desarrollo socio-económico. Las condiciones externas fueron en su mayoría influenciadas por las relaciones que se tenían con Rusia después de 1991 y los conflictos militares.

Los procesos de democratización en Europa del Este, después de la Segunda Guerra Mundial, se iniciaron en 1989. Su punto clave fueron las primeras elecciones libres al parlamento y senado en Polonia, el 4 de junio del mismo año, como consecuencia de la Mesa redonda realizada en Varsovia (Godlewski, 1998, Roszkowski, 1999; Tkocz y Trujillo, 2020).

Hungría fue el segundo estado que comenzó cambios político-económicos que se alejaban cada vez más de la influencia de la Unión Soviética. En ambos casos –Polonia y Hungría- hubo luchas por la democracia y las más significativas se dieron en 1956 y 1968, respectivamente, siendo los ejemplos más avanzados en la magnitud de sus reformas políticas y económicas (Goralczyk, 2003). Los países que siguieron fueron República Democrática de Alemania, Checoslovaquia y los países balcánicos: Yugoslavia, Rumanía y Bulgaria. Los cambios en la Unión Soviética obedecen a otro esquema mucho más complejo y complicado, que merece un estudio más profundo y aparte.

Todos los cambios conducían al libre mercado y construcción de un Estado democrático, después de un período de más de cuarenta años de gobiernos controlados por Moscú, que obedecían el esquema que se les ofreció en 1945, según los acuerdos establecidos en las conferencias durante la Segunda Guerra Mundial, que dejaban el territorio al este del Elba en manos de los soviéticos (Brzezinski, 1990; Biagini, 1998; Holzer, 2000).

Lo que compartían en común los países del llamado bloque socialista, fue la crisis económico-política que se caracterizaba sobre todo por el alto endeudamiento externo, un mercado desequilibrado, gobiernos con falta de legitimidad, aceleración de la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética y el inicio de las reformas de parte de Mihail Gorbachov, quien rompió con la doctrina de Brezniev (soberanía limitada de los países del bloque). En el caso de Yugoslavia, esta última condición no jugó un rol importante, pues Josef Broz Tito rompió relaciones con URSS en 1948 y Albania se quedó auto aislada en el escenario internacional desde 1978 (Koseski, 2013).

Yugoslavia, después de la muerte de Tito en 1980, atravesaba por un período muy duro de disputas sobre el futuro del país, que principalmente se concentraban en el cuestionamiento de la unión de los eslavos del sur y de las relaciones comunes entre las repúblicas. Entre muchas otras cosas, las repúblicas más ricas, como Eslovenia y Croacia, no querían mantener a las más pobres como Macedonia, Montenegro y Bosnia (Bujwid-Kurek, 2008).

Aunque ya desde finales de los años ochenta los gobiernos de algunos países se daban cuenta del fracaso del modelo soviético y trataban realizar reformas, en Polonia, Hungría y Yugoslavia (en Eslovenia y Croacia), los opositores que funcionaban de manera semilegal presionaban de diferentes maneras a los grupos en el poder (Bozyk, 1999).

En otros países el camino de la democratización transcurrió de manera diferente. Los gobiernos que no veían la necesidad de realizar reformas fueron sorprendidos por el descontento social en el otoño de 1989 (Agh, 1998).

Huntington (1995) observó que, en el caso de Checoslovaquia, República Democrática Alemana y Bulgaria sucedió el efecto avalancha, que se caracterizó por la presión externa internacional, la que finalmente obligó al régimen a ceder a los procesos de democratización.

Generalmente los cambios tenían dos características: 1) la paulatina evolución del sistema, donde los reformadores se encontraban también como parte de las elites del poder, como por ejemplo en Polonia o Hungría y 2) el surgimiento de la revolución, como sucedió por ejemplo en el caso de Checoslovaquia y todavía más violenta en el caso de Rumanía (Ash, 1990).

Muchos autores que estudian estos cambios los comparan con la Primavera de los Pueblos del año 1848, donde también las demostraciones masivas obligaron a realizar reformas democráticas y liberales en los reinados europeos. Una de las razones por las cuales esta participación masiva del pueblo –en el otoño de 1989- para lograr los cambios, se llamó el Otoño de los Pueblos (Ash, 1990; Higley, 1992; Pakulski, 1992).

Bozóki escribió, en 1992, que la transición postcomunista fue un desconocido cambio en la historia, donde se dieron las reformas políticas y económicas al mismo tiempo.

Marco teórico y metodológico

Dentro de este apartado es importante reflexionar sobre los planeamientos teóricos acerca del concepto de democracia, que permitan entender mejor la transformación por la que pasaron los países de Europa de Este después de 1989.

Cabe recordar que la palabra democracia fue acuñada en Atenas en siglo V a.C, con el tiempo adquirió una mala reputación y en la antigua Roma desapareció. Se replanteó de nuevo en Europa en el período del Renacimiento y se insertó en el discurso político en la década de 1780. La democracia representativa se convirtió en el fundamento que permitió construir estructuras de Estados nacionales, sin las limitaciones territoriales y demográficas que eran características inherentes del sistema político de la Atenas antigua, la Roma republicana o las ciudades-estado renacentistas de las repúblicas italianas. Al mismo tiempo, la nueva forma de organización política introdujo instituciones que contradecían la concepción clásica de la democracia. La faccionalidad, tolerada únicamente en Atenas, se convirtió en una necesidad y los partidos políticos la adoptaron en la forma básica de expresar los intereses grupales en el proceso de confrontación de ideas. En siglo XIX se retomó el ejemplo de la antigua Grecia y su democracia como ejemplo a seguir. La identificación de los buenos gobiernos con la democracia se estableció después de la Primera Guerra Mundial y fue introducida por los únicos ganadores de este conflicto, los norteamericanos (Przeworski, 2005).

Sartori (1998) propone, entre muchas otras reglas para llegar a la democracia, las siguientes:

Con todos estos desafíos se van a enfrentar los países de Europa Oriental en su camino rumbo a la democracia, que inicia en 1989. Las transformaciones políticas en Europa Central y del Este, después de 1989, estuvieron marcadas por la ambigüedad del concepto de democracia mencionado anteriormente. Por un lado, de manera declarativa, países como Polonia, Hungría, Chequia, Eslovaquia y, más tarde, tras la disolución de la URSS, los Estados bálticos, Ucrania e incluso Rusia, emprendieron una transición desde un sistema totalitario (que era, en esencia, el comunismo y su versión práctica del socialismo real) hacia una democracia como valor que garantiza a cada individuo y a la sociedad en su conjunto la plenitud de derechos y libertades. Por otro lado, en la práctica, se construyeron las bases de un sistema representativo que, históricamente, no tiene relación con la democracia en un sentido amplio (Dahl, 1971). Es únicamente un elemento, una especie de puente, que conecta la antigua democracia con la modernidad y lo hace de manera imperfecta. Los Estados de Europa Central y del Este (o más precisamente, las sociedades de estos países), convencidos de que estaban construyendo una democracia en un sentido más cercano al de la antigüedad, en realidad estaban estableciendo las bases de un sistema completamente diferente.

La metodología usada para elaboración del presente artículo se escogió basándose principalmente en las fuentes primarias, escritas en su mayoría por autores que fueron testigos directos de los hechos ocurridos o en algunas ocasiones hasta jugaban un rol importante en estos, por ejemplo, Kuron o Michnik. La selección de documentos fue dictada por la fuerte convicción que se tiene acerca de la necesidad de tener acceso a aquellos textos que no siempre están traducidos al español.

Se recurrió al sistema abierto digital concentrándose principalmente en dos tipos de documentos: Aquellos que fueron escritos durante o casi inmediatamente del periodo de transición ocurrida en Europa del Este, esto es, en los años ochenta y/o noventa del siglo pasado; donde la mayoría de ellos fueron realizados por historiadores y politólogos que fueron testigos directos de los cambios que ocurrían. Esta memoria inmediata nos dejó algunos trabajos de análisis de lo ocurrido, lo que permitió –en años posteriores- comprender mejor los mecanismos que estimularon el proceso de democratización. El segundo grupo de fuentes eran los documentos publicados en los años dos mil en adelante, relacionados en su mayoría con fechas conmemorativas de la caída del Muro de Berlín, en los que revivían este proceso sociopolítico tan complicado de esperanzas humanas, que posteriormente se pudo contemplar como fenómeno con muchos retrocesos democráticos y fallos administrativos y económicos que llevaron a cuestionar si era la única vía o si se pudieron buscar otras alternativas.

Dentro del marco metodológico es importante la consideración de la experiencia y conocimiento de los propios investigadores, como menciona Topolski (1984), quienes dejan su punto de vista subjetivo en el trabajo que realizan. En este caso se aprovechó la memoria individual una de las investigadoras que tuvo la oportunidad de ser testigo de este hecho histórico y, por medio de pláticas, se recuperaron también los recuerdos de otros protagonistas para estructurar la memoria colectiva (Halbwachs, 1990) y finalmente, narrar la transformación histórica realizada. Se tiene la firme convicción que el conocimiento y la comprensión de este periodo de la historia puede ser de gran ayuda con los cambios presentes y futuros que se realicen y probablemente sea útil para evitar cometer los mismos errores.

Jenkins (2006) en su texto que lleva por título ¿Por qué la historia?, reflexiona que esta disciplina no es un discurso absoluto sino continuo y que no tiene nada de eterno. Es necesario recordar el pasado como parte de la historia de todos nosotros y al mismo tiempo se le ha mitificado e ideologizado según la conveniencia de personas y de grupos sociales; además considera que el rol del historiador es interpretar las fuentes.

Para ver el proceso de democratización en Europa del Este con más amplitud, se recurrió al consejo de Hobsbawn (1998), quien menciona que una de las tareas más importantes para el investigador es hacer una selección de las cosas que podrían afectar las actividades humanas y finalmente reconstruir los acontecimientos históricos. Con este propósito se tomó la decisión de trabajar en la presente investigación, recordando siempre que es una mirada más al proceso que finalmente cambió las configuraciones políticas y sociales, tanto a escala regional como internacional. Se trató de seleccionar los textos de los expertos en el tema, que tuvieran distintas miradas e interpretaciones, cuidando que ofrecieran el panorama más amplio e ilustrativo posible. Para justificar el por qué se decidió trabajar con estos textos y no con otros, se recurre a Foucault, quien en su libro Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones escribió:

No se trata de construir un sistema sino un instrumento, una lógica propia a las relaciones de poder y a las luchas que se comprometen alrededor de ellas; - que esta búsqueda no puede hacerse más que poco a poco, a partir de una reflexión (necesariamente histórica en algunas de sus dimensiones) sobre situaciones dadas (1985: 85).

Grajales recuerda que es “el historiador quien selecciona y determina las evidencias históricas en las cuales se apoyará para interpretar o comprobar sus hipótesis” (2002: 12).

Siguiendo las experiencias mencionadas se tomó la decisión de trabajar con los documentos cuidosamente seleccionados por los investigadores para blindar y robustecer el presente trabajo.

Proceso de democratización en Europa del Este

En 9 de noviembre de 1989, sin planeación previa, el Muro de Berlín era despedazado de manera literal. Los países de Europa del Este, que durante los años ochenta pasaron por periodos de mucha coerción política de manera física, fueron liberados y surgió la esperanza y deseos de incorporarse al sistema que tenía Europa Occidental, que desde hacía décadas era el sueño de muchos. El gran desafío fue entonces cómo lograrlo lo más pronto posible.

En la presente investigación se pretende mostrar que no se puede hablar de un solo modelo de democratización en Europa del Este. Bruszt (1992) había observado que no hubo un mismo sistema de Estado socialista en el Bloque Este y esa es una de las razones por la que los caminos que se tomaron rumbo a la democratización fueran diferentes. La trayectoria de cambios que se iniciaron en los años ochenta del siglo pasado fue determinada por diferentes factores, entre los que podemos citar: 1) el carácter de la élite de poder, dividida entre reformadora y ultra conservadora; 2) la situación económica; 3) la crisis político-social; 4) la existencia de la oposición y el nivel de consolidación que tenía; 5) la escalada de represión que ejercía el Estado contra el descontento individual y social; y 6) la diferente formación política, debido a la presencia o falta de democracia en el pasado.

El sociólogo polaco Kaminski (1992) propone cuatro criterios que decidieron la trayectoria de los cambios políticos en los países del ex Bloque del Este: 1) La cercanía cultural y geográfica con Europa Occidental; 2) La duración de los gobiernos socialistas, tomando en cuenta el número de generaciones que crecieron en este periodo; 3) La eficacia de la dominación comunista (que se mide de acuerdo con los factores de integración con la Unión Soviética, es decir, si fue república que tomaba parte de URSS o si fue un Estado satélite); y 4) El surgimiento y la existencia de movimientos opositores que provocaban –en diferentes períodos- cuestionamientos, huelgas y movimientos sociales de protestas.

Tomando en cuenta los puntos mencionados, las condiciones más favorables predominaban en Polonia, Hungría, Checoslovaquia -en la región ocupada por los checos-, seguidos por Eslovaquia, Bulgaria y Rumanía. Los más desfavorecidos fueron las repúblicas de la ex Unión Soviética. Yugoslavia y Albania, como ya se mencionó, presentaban características diferentes a otros países prosoviéticos.

En Polonia, que durante los años ochenta sobrevivió una serie de huelgas de obreros y protestas sociales provocadas principalmente por la escasez de productos necesarios para la reproducción de la vida material e intelectual, se había constituido un grupo opositor bastante consolidado, cuyos orígenes se remontaban a las protestas de obreros e intelectuales de los años cincuenta (Roszkowski, 1999). Fue también el primer país donde la sociedad obligó a dialogar al gobierno acerca de los cambios políticos y económicos. El poder oficial central sostenía pugnas internas entre los reformadores y conservadores, donde finalmente el triunfo lo obtuvieron los primeros.

En 4 de junio 1989, después de varios meses de pláticas en la llamada Mesa redonda, entre el gobierno y los representantes de distintos grupos de opositores –incluidos los representantes religiosos-, realizaron las primeras elecciones libres después de la Segunda Guerra Mundial (Kuron, 1996). Las reformas político-económicas, aunque de manera lenta y con muchos errores, empezaron a perfilar al país rumbo a la democracia. Se debe mencionar que Polonia fue uno de los primeros países en romper con el sistema socialista y uno de los últimos donde se creó una nueva constitución; siendo adelantada en este rubro por la República Checa, Eslovaquia, Bulgaria, Eslovenia, Croacia y hasta la misma Rusia (Winczorek, 2009). La modificación o creación de la constitución está relacionada con el carácter y tiempo en que se realizaron las reformas económicas. Las soluciones legislativas permitían estabilidad de las reformas económicas, su buen funcionamiento y más libertad ciudadana, que finalmente conducían al libre mercado (Metelska-Szaniawska, 2008). En este sentido, Polonia se estancó conservando el esquema legislativo anterior a 1989. Se trató de mitigar el problema estableciendo la llamada Pequeña Constitución en 1992, aunque no tenía los cambios fundamentales. Finalmente, en 1997, ocho años después del cambio oficial del sistema, se obtuvo por fin la nueva constitución. Principalmente tenía el carácter liberal-democrático y social –que desde el principio fue criticado, especialmente por los grupos nacionalistas y católicos- lo que propició que en décadas posteriores se le hicieran varios cambios y modificaciones (Winczorek, 2009). Los cambios en los años 1989-1991 estuvieron condicionados en base al compromiso interno entre el viejo y nuevo sistema, pero con la tendencia a que las nuevas agrupaciones políticas obtuvieran cada vez mayor influencia. La característica más importante de este proceso fue el carácter emblemático del primer presidente del país, Lech Walesa, quien era garantía de que las reformas continuarían.

Como consecuencia de las luchas por la democracia y el llamado golpe de aparato en Hungría, en mayo de 1988, renunció al poder Janos Kadar (Ash, 1989). Las fuerzas reformadoras tomaron la decisión de seguir el modelo polaco de organizar la Mesa redonda, entre marzo y junio de 1989, y como resultado de las negociaciones se inició la revolución pactada, como se denominó a este proceso (Tokes, 1996). Durante el proceso de diálogo entre la oposición y el gobierno –al contrario de Polonia o Checoslovaquia- lo más importante fue el cambio de sistema político y no tanto las reformas económicas o sociales. Según Goralczyk (2003), el rumbo del proceso democrático en Hungría fue resultado de las siguientes particularidades de la escena política: 1) los cambios tenían la trayectoria pacifica, sin protestas, 2) la oposición y los representantes de las reformas dentro del gobierno deseaban realizar cambios la más pronto posible, 3) los cambios se desarrollaron por medio de la modificación del texto de la constitución, como resultado del referéndum realizado, y 4) el proceso democrático lo ejecutaron las élites y no las masas (Goralczyk, 2003).

En el caso de la República Checa, donde los cambios tenían la forma de una Revolución de Terciopelo, eran resultado del carácter pragmático de los checos y de la tradición democrática de la primera República de los años 1918 a 1938 encabezada, hasta su muerte, por el presidente Masaryk, símbolo de la unión entre los checos y los eslovacos, por ser descendiente de madre checa y padre eslovaco (Vonderkova y Kajmakov, 2017).

La oposición checoslovaca se remontaba principalmente al año 1968 (Primavera de Praga) y fue severamente perseguida. El personaje más carismático de los oponentes fue Vaclav Havel, uno de los firmantes de la Carta 77, texto en el que se solicitaba la democratización de la vida en el país (Spenser, 2021). El grupo de opositores estaba dividido en dos partes: aquellos que consideraban que los cambios no se realizarían y los que querían acelerar el rumbo de la historia. Checoslovaquia permaneció relativamente tranquila hasta el otoño de 1989; en noviembre se organizó una gran manifestación de universitarios que produjo el denominado efecto dominó. A finales de mes, el partido comunista se vio obligado a renunciar al poder, como consecuencia de la huelga, y el 10 de diciembre Havel fue nombrado presidente (Spenser, 2021). Muchos excomunistas se filtraron al nuevo gobierno y Havel se negó a juzgarlos por los abusos cometidos en las décadas anteriores (Michnik, 1998).

La unidad del país se pudo mantener hasta finales de 1992, pero como consecuencia del atraso económico que provocaba la crisis social en la parte eslovaca, la República de Checoslovaquia se separó en lo que hoy son la Republica Checa y la República Eslovaca, tomando los nuevos países rumbos por separado en lo económico, político y social, con el fin de construir instituciones favorables al desarrollo de las nuevas nacionalidades.

Los países pertenecientes al Bloque del Este, ubicados en la Península de los Balcanes, aunque compartían el espacio geográfico común y ciertas especificidades históricas (dominación turca en el pasado, ortodoxos/católicos), no realizaron los cambios democráticos. Rumanía y Bulgaria optaron por una vía diferente a lo que ocurrió en Yugoslavia.

El modelo democrático que se aplicó en las repúblicas de la pos Yugoslavia tenía algunas cosas en común: la descomposición del país después de la muerte de Tito; los cambios democráticos tenían dificultades internas para su realización (tendencias autoritarias relacionadas con la tradición de “mano dura”); y Yugoslavia fue un país multiétnico, donde el derrumbe del sistema político-económico provocó conflictos nacionales que condujeron a la guerra civil (Croacia, Bosnia, Kosovo). Dentro de los conflictos creció la importancia del ejército y los militares; mientras la consolidación de las nuevas instituciones se vio postergada. En la ex Yugoslavia había dos procesos paralelos: la creación de los nuevos Estados nacionales y el establecimiento de los nuevos mecanismos políticos y económicos (Tanty, 2003; Koseski, 2013). La alternancia en el poder más rápida sucedió en Eslovenia (abril de 1990) y en Croacia (mayo de 1990). Siguió Macedonia hasta 1998 y Serbia en el año 2000.

En cuanto a Bulgaria, estaba cohesionada por el gobierno de Zhivkov (1971-1989) y era totalmente leal a los planes y políticas de Moscú. De hecho, en el convulso año de 1989, el líder búlgaro se presentaba como portavoz e intérprete de las ideas provenientes del Kremlin, independiente de las políticas de Gorbachov como la glasnost y la perestroika, con las cuales no concordaba. La obligatoria salida de Zhivkov –el 10 de noviembre- fue un golpe de Estado a la cúpula del partido comunista búlgaro, patrocinada por Moscú. En la primera década de 1990 se expresaron las tendencias para elaborar las reformas políticas y económicas que conducían a la democracia y al libre mercado. En el campo de la política externa se pudo observar la necesidad de acercar a Bulgaria hacia la Unión Europea, pero lo más sorprendente fue la victoria de las comunistas en las elecciones de 1990. Como consecuencia de la victoria de los socialistas búlgaros, se formó un movimiento universitario que se propuso seguir con las reformas democráticas y finalmente -en 1990- se designó un primer presidente no comunista, lo que no había ocurrido en cuarenta años (Domínguez-Ávila, 2011).

El Genio de las Cárpatas, como se le conoce al líder rumano Ceausescu, a pesar del aumento a la represión en contra de la ciudadanía y del control casi total de la vida de los habitantes, empezó a tener dificultades en su gobierno a partir de 1989, como consecuencia del Otoño de los Pueblos. Rumanía no contaba ni con oposición previamente establecida y mucho menos con líderes de la talla de Walesa o Havel. En la revolución de 1989 todo parecía ser improvisado, acomodándose según las necesidades del momento. Después del fin sangriento del matrimonio Ceausescu, el poder cayó en manos de un grupo de personas de diferente origen: los excomunistas, algunos disidentes políticos, exiliados, representantes del ejército y revolucionarios. Desde el exterior Rumanía daba la impresión de una situación caótica, parecida a la que se presentaba en la ex Yugoslavia. La clase política no logró adaptar la economía al mercado, debido a la falta de legislación y a la mala imagen política, lo que fue causa de que el país se quedara estancado en comparación con los otros Estados que iniciaron los cambios en 1989 (Stefanescu, 2004).

El historiador alemán Felix Ackermann (2019) menciona en sus memorias que el 9 de noviembre de 1989, su papa dejó escrito en un papel que se fue a tomar cerveza a Berlín Occidental, lo que él y su mamá tomaron como una broma. De hecho, el proceso de democratización en la República Democrática Alemana fue la unificación alemana, que se realizó en el verano de 1990. La parte oriental simplemente se incorporó a la occidental, sin revolución y sin mesas redondas. Fue un proceso rápido y eficaz, como resultado del derrumbe de la Unión Soviética y los gobiernos satélites que conformaban el Bloque del Este. Antes de noviembre de 1989, se sabía muy poco de los procesos por los cuales pasaban los vecinos, aunque el gobierno controlaba toda la información. El muro que rodeaba Berlín cercaba también, de manera legendaria, toda la Alemania Oriental (Ackermann, 2019).

El teórico de las superestructuras, Antonio Gramsci (1978), alertaba de la existencia de la hegemonía cultural, que se manifestó en el año de 1989 como el principal sentido de las transformaciones por las que pasó Europa del Este, adaptándose a la civilización dominante, en este caso al modelo de la Unión Europea, como justificación de las dos líneas de transformación: la introducción del libre mercado y el establecimiento del sistema democrático. En el análisis del proceso de democratización debe tomarse en cuenta la historia de cada Estado y nación que lograron las reformas. Los países con larga tradición democrática y con instituciones orientadas al libre mercado, como Polonia, República Checa o Hungría, aunque interrumpidas después de la Segunda Guerra Mundial, lograron las reformas de manera más rápida y eficientemente; al contrario de los países de los Balcanes que contaban con muy poca infraestructura democrática y escasa economía capitalista. Yugoslavia, con población de diversas etnias y culturalmente diferente, es un ejemplo en donde la democracia no se presentó de manera uniforme. Debe recordarse que el Estado yugoslavo fue federalista y estaba compuesto por diferentes naciones, las más cercanas a la civilización occidental fueron Eslovenia y Croacia, lo que propició que fueron más desarrolladas económicamente, al contrario de las repúblicas sureñas como Macedonia (ortodoxos), Bosnia (musulmanes) o Montenegro (ortodoxos), con una cercanía cultural y de mayor dependencia con Moscú. De todos modos, las reformas iniciadas por Tito, que crearon los autogobiernos, permitieron la libertad en la toma de decisiones de los economistas locales. Este proceso permitió la introducción de reglas de libre mercado y mejorar el nivel de la vida comparativamente con otros países (Jelavich, 2005).

Varios autores (Balcerowicz, 1997; Kolodko, 1999 Wilczynski, 2005) ponen atención en la importancia del carácter económico de las reformas. El economista polaco Kolodko (1999) señala diferentes niveles de interacción: entre cambios políticos y económicos, entre el funcionamiento de la economía en nuevas condiciones con los nuevos métodos de actuar, entre cómo trabaja la gente y como se ejerce el poder, y –finalmente- entre que métodos usan los pares internacionales en la integración económica.

El politólogo húngaro Bozóki (1992) menciona cuatro niveles en las reformas del sistema:

  1. Cambio de la élite de poder.
  2. Cambio de los líderes y los participantes activos en la vida política a escala masiva.
  3. Aparición de nuevas instituciones, estructuras y conexiones.
  4. Cambio como parte del derecho a tomar decisiones como resultado de la transformación de las instituciones.

Timothy G. Ash (Trembicka, 2005) acuñó el concepto de refolución para describir los acontecimientos históricos que tenían lugar en 1989 en Europa del Este. Refolución entendida como la conexión de reformas con la revolución de los intelectuales que proclamaban los lemas nacionales; su trayecto se caracteriza por la ausencia de violencia, la tranquilidad y la paz, como ocurrió en Polonia, República Checa, Hungría, Alemania Oriental y Bulgaria; lo que no ocurrió en Rumanía, en la ex Yugoslavia y en Albania, donde las reformas se realizaron de manera distinta, el trayecto fue violento y sangriento, aunque si se inspiraron en el modelo polaco y checo. Como ya se ha mencionado antes, estos tres países tenían una tradición democrática muy corta y en el caso yugoslavo fue de gran importancia el carácter multiétnico al constituirse en una federación. La caída del Estado, después de la muerte de Tito, dio origen al conflicto nacionalista que llevó a la guerra civil y es también el leitmotiv principal de la creación de los nuevos estados afectados por los cambios del sistema (Tanty, 2003).

El politólogo polaco Zielinski (1993) señala que durante el proceso de cambio del sistema surgieron las siguientes orientaciones:

  1. Desde el gobierno autoritario al democrático.
  2. Desde un partido a varios partidos.
  3. Desde el monopolio a la pluralidad política.
  4. Desde la designación a la elección del gobierno.
  5. Desde el monopolio administrativo al autogobierno territorial.

Los cambios mencionados ocurrieron en diferentes períodos de tiempo en varios países. Formalmente, los requisitos para arribar a Estados democráticos fueron cubiertos muy rápido, pero en la práctica la vida política se quedó estancada, especialmente se tardó la creación de instituciones de autogobierno y la aparición de nuevos partidos políticos. La situación se presentaba diferente en los Balcanes. El caso especial son las repúblicas pos yugoslavas: Croacia, Serbia y Montenegro, donde existían gobiernos autoritarios para la década de los noventa, fuertemente nacionalistas y consolidadas con un solo partido. Tismaneanu (2000) subraya el hecho de que, en los países balcánicos, el populismo etnocéntrico tenía su origen en las tradiciones, costumbres y religiones nacionales (ortodoxos) y en las relaciones que especialmente tenía la Iglesia ortodoxa con el Estado socialista antes de 1989. Es importante recordar que el cristianismo oriental autónomo y autocéfalo, ya desde tiempos de Bizancio, estaba sumiso y controlado por el gobierno en turno (reformas de Justiniano) (Evans, 2005). En este sentido, los fenómenos políticos populistas como Milosevic o Tudjman se basaban en la estrecha cooperación con los religiosos, que al mismo tiempo los promovían en la sociedad.

Rumanía y Albania, antes de 1989, eran casi totalmente aislados del mundo exterior y las ideas democráticas casi no se conocían ni estaban presentes en la política y la economía. Las reformas democráticas que iniciaron en Europa del Este, después de la caída del Muro de Berlín, no significaron ni fueron tan eficaces como estaba ocurriendo en la Unión Europea. La aceptación de las nuevas estructuras, en principio fue muy alta, pero con el tiempo disminuyó y fue criticada por la sociedad. Se comparaban los cambios institucionales del este con lo que ya estaba establecido en occidente desde décadas atrás y la desilusión crecía. Como resultado, el pronóstico del desarrollo social era sesgado, por tres errores: institucional, económico y voluntario (Wojtaszczyk, 2003).

El error institucional consistía en demasiada confianza de las soluciones institucionales por encima de las individuales y colectivos. Se creía que el marco legislativo del sistema parlamentario podía garantizar la estabilidad del sistema político. En el caso de la economía, se subestimó la importancia del libre mercado, la propiedad privada y –finalmente- el error voluntario otorgó demasiada importancia a los personajes carismáticos en la política, quienes ante la presentación de la crisis político-económica se erosionaban muy rápido.

La década de los noventa se caracterizó por la formación de nuevas reglas en la esfera política, económica y social; creación de instituciones democráticas en la política y la constitución de la nueva conciencia ciudadana.

Huntington (1995) ve la transición democrática en Europa del Este como parte de un proceso mucho más amplio, mundial y lo clasifica como la tercera oleada democrática que se inició con la revolución de los claveles en Portugal en 1974. El proceso de democratización, independientemente del lugar y de la trayectoria, en Europa Oriental o en América Latina, permite entender las causas del abandono y repudio hacia los sistemas autoritarios, no democráticos (Huntington, 1995).

Otra característica de la democratización de Europa del Este fue el deseo de integración con los países de Europa Occidental, por medio de la llamada europeización de las instituciones, y se pretendía que con el tiempo pudieran cumplir con los requisitos establecidos por la Unión Europea. Como parte de la europeización, se ha tomado en cuenta también el conjunto de soluciones válidas dentro de la Unión Europea que partieron de la herencia cultural, económica y política. Se pudo observar que los Estados que cumplieron las reglas para la democracia con mayor facilidad, fueron aquellos donde en el pasado existieron relaciones cercanas con Occidente. En este sentido, sin duda, la integración fue más rápida en los territorios que históricamente estaban dentro de la influencia de la Antigua Roma, que pasaron por la cristianización de manos de los obispos de rito romano, donde el latín originó los alfabetos nativos y se identificaban desde el principio con las ideas que venían desde Roma, Paris y/o Berlín. Los estados tradicionalmente cercanos a Bizancio y posteriormente a Moscú (idea de Tercera Roma) con alfabeto derivado de la cultura griega y con autoritarismo fuertemente marcado, se quedaron rezagados en el establecimiento de las reformas democráticas y también en la aceptación de estas por la sociedad. Algunos de estos países ni siquiera declararon la voluntad de pertenecer a la Unión Europea (Ucrania) o todavía no tienen interés (Bielorrusia).

De parte de la Unión Europea, en la cumbre que se organizó en Edimburgo en diciembre de 1992, se ha manifestado el deseo de equiparar al organismo con la democracia bien establecida. Los países candidatos que deseen integrarse deben cumplir con requisitos como la estabilidad de las instituciones que garanticen la democracia, el estado de derecho, el respeto de los derechos humanos, el funcionamiento de la economía basada en el libre mercado, coincidencia de los futuros miembros con los objetivos establecidos por el parlamento europeo, como la unión política, económica y monetaria, la habilidad de desarrollar la competencia y la disposición siempre de la Unión a admitir nuevos miembros sin menoscabo del ímpetu de la integración europea (Szczepaniak, 1996).

Conclusiones

El colapso de los regímenes autocráticos de la Cortina de Hierro fue diferente y condicionado por una serie de antecedentes que se enunciaron a lo largo de este documento. El final de la doctrina de Brezhnev (la obligación de intervención del Pacto de Varsovia en cualquier país del Bloque del Este para prohibir el alejamiento de la dictadura de Moscú y el acercamiento al capitalismo). Con la llegada de Gorbachov y las reformas establecidas en la perestroika y la glasnost, desencadenaron la ola de protestas en el ya muy débil sistema soviético. La inercia del gobierno ruso dio esperanzas de que los cambios democráticos fuesen posibles. Los países ex aliados de Moscú intensificaron las reformas, en donde para algunos se dieron de manera más rápida y en otros tardaron años para poder realizarlos. En todos, los cambios sociales y los nuevos valores que aparecieron, intensificaron las demandas democráticas. Todas ellas parten de las particularidades del ser humano, como menciona Walzer (en Wierzchowska, 2013) que cada comunidad histórica, como miembros, forman sus propias instituciones y la ley obligatoriamente va a crear un camino de vida particular, no universal.

Ya en los años noventa aparecían voces que mencionaban que sería difícil mantener a los países pos socialistas en un grupo unido y que lo más probable era que se regresara al status quo de antes de la Segunda Guerra Mundial, donde existió la división entre Europa Central y la Sur. Además, se hablaba de la posibilidad de balcanización que como experiencia surgió después de la descomposición de Yugoslavia. Algunos especialistas opinaban que Europa Central regresaba a su identidad de un pluralismo natural, caracterizado por los valores comunes, semejante tradición y la amenaza de lo que había ocurrido en los años veinte y treinta de siglo pasado (Sanczyk, 1997).

La gente común y corriente que vivió la transición del sistema estaba preocupada y asustada por los cambios que sucedían; por una parte, se festejaba el fin de la dominación de Moscú, pero por otra reinaba la incertidumbre de cómo iba a ser el futuro, cada quien interpretaba lo sucedido desde su propia experiencia y posición en la estructura social. Las personas de avanzada edad temían para acostumbrarse al libre mercado (lo que finalmente sucedió) y el mundo nuevo por venir. “Los jóvenes miraban con esperanza y esperaban oportunidades para el desarrollo personal y profesional” (Comunicación personal).

La añorada y esperada democracia que llegó, se formó sin experiencia y con los modelos varias veces lejanos a la cultura y tradición de los países recién transformados. Después de varios años se empezaron a elaborar modelos propios de democracia. Przeworski anota que “la democracia no es sino un marco dentro del cual un grupo de personas más o menos iguales, más o menos eficientes y más o menos libres puede luchar en forma pacífica por mejorar el mundo de acuerdo con sus diferentes visiones, valores e intereses” (2010: 53).

Se ha observado que el pasado autoritario y unipartidario de los Estados mencionados afectó en gran manera la formación de las instituciones democráticas, como también la poca experiencia de las organizaciones sociales que no permitieron en las primeras décadas la participación ciudadana.

Como correctamente observó Engler (2022), después de un tiempo de desencanto en varios países (por ejemplo, Polonia y Hungría) del ex Bloque del Este, se manifestaron de nuevo las tendencias autoritarias, permitiendo que los partidos políticos tuvieran ganancias electorales, ofreciendo en sus programas este tipo de acciones como parte de las soluciones.

Los cambios revolucionarios no son realizados por las capas, estamentos o clases más pobres. La fuerza motriz de los cambios sociales casi siempre proviene de aquellas partes de la sociedad que ocupan una posición significativa (a veces dominante) en un determinado ámbito de actividad y que, al mismo tiempo, están desfavorecidas en términos de derechos políticos (Fukuyama, 1996). Las transformaciones democráticas en el mundo contemporáneo suelen asociarse con cambios orientados hacia las libertades individuales y se describen como liberales. Por lo tanto, la democracia liberal se considera un modelo y un valor supremo para las sociedades de Europa Central y del Este.

Aristóteles (2003) ya destacaba un enfoque excesivamente generalista e idealista hacia la esencia de la democracia. Aunque han pasado casi 25 siglos desde entonces, sigue siendo relevante recordar las diferencias entre la concepción idealista de la democracia y su dimensión práctica (Dahl, 1971).

No cabe duda que para comprender bien la transformación de un Estado autocrático en democrático, sin considerar solo a Europa del Este, sino también otras partes del mundo como la América Latina, se deben tomar en cuenta varios modelos estrechamente relacionados con el deseado. Un patrón común de democracia para el mundo no es ni será nunca posible.

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