ANARTIA, 27 (“2015” 2018): 87 - 94
ISSN: 1315-642X
Obituario
Carlos Bordón: 1921-2012
A mediados de los 1980 leí un artículo de bioespeleología en
uno de los primeros números que conocí del Boletín de la Sociedad
Venezolana de Ciencias Naturales (1959), se trataba de un recuento de
la fauna conocida de la Cueva del Guácharo, firmado por Carlos
Bordón. Pocos años después pude adquirir en Maracaibo varios
ejemplares de una buena revista caraqueña sobre ambiente y am-
bientalismo: Ámbito, de la cual no llegaron a publicarse ni diez nú-
meros. Allí leí artículos de opinión escritos por Bordón, todos idio-
sincráticos y fuertemente críticos en relación a temas como la tala
y la quema de bosques en Venezuela, y asuntos que entrarían en lo
Carlos Bordón en actitud familiar de diálogo ameno, mientras asaba pescado en su terraza
(1993)
Ángel L. Viloria
88 ANARTIA, 27 (“2015” 2018) 87 - 94
que hoy denominamos cambio global y cambio climático. También
en esa época llegó un ejemplar de la Fauna hipogea y hemiedáfica de
Venezuela (editado por el Instituto de Espeleología Emil Racovitza
de Rumania y la Sociedad Venezolana de Espeleología) a la biblio-
teca de la Facultad Experimental de Ciencias de La Universidad del
Zulia, donde yo estudiaba, y a través de la lectura de sus variados
capítulos me acerqué aun más al personaje que yo imaginaba como
el bioespeleólogo pionero de Venezuela y el más exitoso recolec-
tor de invertebrados terrestres en cuevas de América Latina. Muy
pronto nos íbamos a conocer y haríamos de nuestra amistad una
poderosa y sincera relación de intercambio y aprendizaje. Hablaré
de Carlos Bordón, fallecido - irónicamente de forma prematura – a
los 92 años en su casa de El Limón, estado Aragua. Recibí la ines-
perada y triste noticia la misma noche del 17 de septiembre de 2012,
a través de una corta llamada telefónica de nuestro amigo común
y colega entomólogo John Lattke, quien estaba consternado en el
lugar del acontecimiento. Quedé congelado. Las ocupaciones de los
años recientes me habían alejado de Carlos y en la última ocasión
que lo visité en su acogedora residencia sombreada por todos lados
por frondosos árboles de mango y aguacate, le aclaré, tomando su
exquisito aguardiente artesanal de mango, que había dejado de es-
cribirle o llamarle por lo ocupado que me encontraba en el trabajo,
metido en pesadas tareas administrativas, y no por las diferencias
ideológicas que emergieron entre nosotros en el alienante y trágico
escenario de la política venezolana.
Un recuerdo remoto: a pocas horas de haber defendido mi te-
sis de licenciatura en biología el 6 de diciembre de 1990 partimos,
los integrantes del Museo de Biología de La Universidad del Zulia,
en dos camionetas que rodaron durante toda la noche, a una re-
unión nacional de taxonomía zoológica en la Estación Biológica
Rancho Grande (Parque Nacional Henri Pittier, estado Aragua), en
la cual se originó, después de tres días de propuestas y discusiones la
Asociación de Colecciones y Museos de Zoología de Venezuela. El
último día del evento encontré a Bordón por la tarde, en la estación,
leyendo unas carteleras. Allí mismo nos conocimos y establecimos
nuestro diálogo. Íbamos de salida hacia Maracaibo, capitaneados
por José Moscó quien era poco dado a alterar los planes, pero des-
viamos la ruta un par de horas para atender la amable invitación
de mi nuevo amigo y entrar en el subterráneo de su casa, lleno de
Obituario 89
libros y colecciones entomológicas. En mi recuerdo permanece la
diversidad de temas tratados, como era su animosa costumbre, ento-
mología, cuevas, viajes, expediciones, historia, política local, forá-
nea e internacional, exobiología, horror cósmico, filatelia, cocina,
química, ingeniería, música, economía. Además, nunca olvidaré las
imágenes de su extraordinaria colección de gorgojos (Coleoptera,
Curculionidae; una de las más grandes jamás lograda en América
tropical), su biblioteca variada y especializada, su voluminoso archi-
vo epistolar, los álbumes de fotografías como registro de lo mucho
que hizo en su vida, sus planos y mapas, una colección de plantas
y rocas de la Patagonia y Tierra del Fuego, el cráneo y otros huesos
de un enorme oso de las cavernas triestinas, recuerdo de las memo-
rables aventuras de su juventud, y un extraño instrumento musical
con una sola cuerda de crin, delicadamente tallado en madera, fa-
milia del violín, una guzla de la región balcánica. El mesón lleno
de muestras en alfileres y un microscopio estereoscópico daban el
toque definitivo al envidiable sótano-laboratorio, con intercomuni-
cador directo a la cocina de la casa. Después supe que a través de él
lo llamaban desde arriba a la hora de comer. Aquellos espacios de
privacidad intelectual que llegué a visitar y en donde después llegué
a trabajar durante horas en numerosas oportunidades guardaban el
característico olor a creosota, sustancia oleosa derivada del fraccio-
namiento de alquitranes de carbón que usaba Bordón para resguar-
dar sus colecciones de las plagas (menos cancerígena que la naftali-
na, según sus propias palabras). Nada podrá borrar esa experiencia
de mi memoria olfativa. Es el aroma antiséptico por excelencia.
Por la diferencia de edad Bordón pudo haber sido mi padre y
hasta mi abuelo, pero su trato siempre fue el de los seres humanos
que detestan las barreras generacionales. Me obligó a tutearlo y me
hizo beneficiario de su don natural de maestro elocuente. Esta virtud
la alternó con una capacidad fuera de lo común de escuchar a sus
interlocutores con agudeza y preclaridad. Nunca le fallaba el buen
humor, pero era básicamente un discutidor, razonable y entretenido,
dotado de una memoria admirable. Fue además un lector acucioso
y crítico. Con frecuencia hablábamos de literatura y a través de su
experiencia conocí por primera vez la obra de varios autores promi-
nentes de la narrativa de Europa del este. Escribía muchísimo, aun-
que me parece que no publicó tanto como hubiese querido. Estoy
seguro que en algún momento futuro de sosiego podremos hacer una
Ángel L. Viloria
90 ANARTIA, 27 (“2015” 2018) 87 - 94
lista y compilar su obra escrita, sus publicaciones sobre taxonomía
de gorgojos, bioespeleología, ingeniería, relatos históricos y sobre
expediciones, sus folletos impresos privadamente sobre tan variados
temas como “la hermandad suramericana” (en la que no creía y era
uno de sus temas favoritos para exhibir su singular sarcasmo. Tenía
muchas experiencias de primera mano que usaba como prueba de su
desafiante tesis), la economía despilfarradora de los venezolanos (“la
economía de Condorito”), la política latinoamericana (Bordón venía
del comunismo italiano y de participar en las guerrillas de Tito en
Yugoslavia, pero se hizo un crítico muy agrio del populismo y el so-
cialismo latinoamericano que él llamaba “trasnochado”). En Mara-
caibo hicimos publicarle un folleto, El carbón de las cenizas, en donde
criticó los proyectos de extracción de carbón del occidente del estado
Zulia. También recomendamos alguno de sus artículos a la revista
Dominios, de la Universidad Nacional Experimental “Rafael María
Baralt”. No había tema que no tocara en discusiones y conversacio-
nes personales sobre los que no hubiera hecho mención en sus notas
de opinión, dispersas en diarios nacionales y revistas periódicas. Es-
cribió y publicó por cuenta propia un folleto ilustrado con una bella
y emotiva semblanza de Andrew Field, ecólogo vegetal británico con
quien colaboró en el proyecto de instalación de plataformas en árbo-
les gigantes de la selva nublada de la Cordillera de la Costa en Vene-
zuela. Sus trágicos destinos se vieron cruzados por la coincidencia
en la causa de sus accidentes fatales: caídas de las alturas. Con ayuda
de amigos inquietos e inconformes creó en Maracay la revista Con-
tracorriente y el boletín electrónico Mundo Sobrepoblado. Fue incansa-
ble en los oficios de pensar, escribir y editar. Últimamente se quejaba
de que no le alcanzaba el tiempo. Debió invertir muchas horas en la
práctica epistolar. Sus cartas no eran saludos ni meras narrativas, a
menudo se convertían en brillantes análisis de todo cuanto acontecía
a su alrededor o lo que podía leer en revistas y periódicos, que era
mucho. Yo vivía en Maracaibo y él en Maracay, por lo que cual-
quier comunicación la hubiéramos podido resolver por teléfono y
sin embargo ambos preferimos las cartas; todas larguísimas, y siem-
pre acompañadas de recortes de la prensa, borradores de artículos,
libros, mapas, fotografías. Nunca vinieron en pequeños sobres. Las
cartas de Bordón y las mías viajaban esa corta distancia en direccio-
nes opuestas (antes de que descubriéramos el correo electrónico) en
sobres de manila repletos de papel a reventar. Y eran mensuales. Esta
Obituario 91
práctica se hizo maniática y exagerada cuando por mis estudios de
posgrado me mudé a Londres entre 1995 y 1998. Sin embargo, me
sorprendí gratamente de la apertura de mi amigo a las novedades
tecnológicas (mayor que la mía, debo decir) y en ese periodo empe-
zamos a usar el correo electrónico y los documentos anexos en todo
tipo de formato digital. Vi en Bordón, fotógrafo consumado, en la
práctica y la teoría, la evolución de sus destrezas desde la fotografía
analógica en blanco y negro (que él mismo revelaba en cuarto oscuro
doméstico) hasta los formatos digitales, llegando a dominar el mane-
jo de software para el ensamblaje de imágenes panorámicas que me
mostró con orgullo las últimas veces que nos vimos.
Bordón vino a Maracaibo, con su esposa Nora, a visitarnos,
a recolectar insectos, a revisar las colecciones de Coleoptera de la
universidad y en las noches hacíamos la tertulia con los jóvenes del
Museo de Biología en el Laboratorio de Taxidermia y Preparados
Anatómicos de la Facultad de Humanidades, con ron y cerveza.
Todo aquello con gran regocijo del jefe de la pandilla, el profesor
Ramón Acosta que brindaba en copa por “Carlos de Bordón”, ha-
ciendo sonar el nombre con cierto acento solemne inventándole una
especie de nobleza real a nuestro invitado, quien reía allí de la dispa-
ratada ocurrencia como un muchacho más.
Nuestro amigo, bautizado Carlo Bordon Azzali, fue natural de
la ciudad de Trieste, Italia, donde vio la luz en el año 1921. Movido
por malestares sociales de la posguerra en su región y animado ante
la perspectiva de respirar otros aires llegó a Venezuela de 36 años
como ingeniero civil. Recordaba frecuentemente cómo había sido
muy bien recibido en este país, el cual sintió como propio, por lo
que se hizo ciudadano venezolano. Se desempeñó profesionalmente
para la empresa Precomprimido, C. A., pionera en alta ingeniería
en Venezuela (puente sobre el Lago de Maracaibo, viaducto alterno
Caracas-La Guaira, corredores cubiertos de la UCV, astilleros nava-
les, represa del Guri, Plan Maestro de Puerto Cabello). Paralelo a la
práctica de la ingeniería en Caracas, Bordón comenzó a explorar el
territorio venezolano y su naturaleza, siguiendo el llamado pasional
de dos disciplinas que cultivó con intensidad desde su juventud: la
entomología y la espeleología. Conectó con otros naturalistas entu-
siastas de Caracas y Maracay y en 1964 participó en la fundación y
establecimiento de la Sociedad Venezolana de Entomología (SVE
1); su ingreso proactivo a la Sección de Espeleología de la Sociedad
Ángel L. Viloria
92 ANARTIA, 27 (“2015” 2018) 87 - 94
Venezolana de Ciencias Naturales contribuyó sin duda al despertar
de inquietudes de al menos dos generaciones de exploradores de
grutas, y desde allí emergió como uno de los miembros fundadores
de la Sociedad Venezolana de Espeleología en 1967 (SVE 2). En la
década de 1940 también había sido fundador de la Commissione
Grotte “Eugenio Boegan” del Club Alpino Italiano. Traía experien-
cia acumulada en la exploración de cavernas del carso triestino y
ya conocía mucho sobre la fauna troglobia y los métodos para su
recolecta y estudio. Apartando por lo temprano (1814) el aporte de
Alexander von Humboldt, al describir el guácharo (Steatornis cari-
pensis) de la cueva de Caripe (hoy Cueva del Guácharo), la labor
pionera de Carlos Bordón en el descubrimiento de la fauna de mu-
chas cuevas de Venezuela le valdría ser considerado el primer bioes-
peleólogo profesional del país en la época moderna. Fue maestro´,
consejero y mentor de todos y cada uno de los que cultivaron o
cultivan aún esta rebuscada especialidad nacional. Exploró indivi-
dualmente o formando parte de equipos multidisciplinarios de las
sociedades científicas ya nombradas, muchas cuevas en Venezuela.
Conoció bien las principales regiones cársticas al norte del Orinoco,
particularmente en la zona centro-norte (Cordillera de La Costa),
oriental (macizo de Caripe) y occidental (sierras de Falcón y cuen-
cas del Guasare-Socuy en Perijá). Produjo los primeros recuentos
de la fauna invertebrada de la Cueva del Guácharo y de la Cueva
Alfredo Jahn, entonces las más largas que se conocían en el país.
Incursionó como entomólogo y espeleólogo en el vasto territorio al
sur del Orinoco (por ejemplo, las simas de Sarisariñama). Jubilado
y descargado de compromisos laborales organizó y ejecutó varios
periplos de exploración entomológica en Suramérica; llegando a ro-
dar en su vehículo todo terreno desde el norte de Venezuela al sur de
Tierra del Fuego. En estos viajes acampó por meses en compañía de
su esposa Nora y recolectó insectos, otros invertebrados y curiosida-
des de la naturaleza en localidades que probablemente ningún otro
entomólogo volvería a visitar en muchos años. Sentía gran pasión
por lo científico pero era respetuoso de lo misterioso y de lo apa-
rentemente inexplicable. Organizó una colección entomológica de
varios cientos de miles de ejemplares debidamente documentados,
gran parte de la cual reposa desde el año 2000 en el Museo Regional
de Turín en su Italia natal. La salida de la colección Bordón de Ve-
nezuela generó polémica, resentimientos y opiniones encontradas
Obituario 93
entre los miembros de la comunidad entomológica de Venezuela,
particularmente en Maracay-El Limón, lugar de residencia y traba-
jo de Carlos y de una cantidad importante de entomólogos, la ma-
yoría profesores de la Universidad Central de Venezuela. A partir
de entonces sus relaciones con la comunidad entomológica local se
enrarecieron. Creció sobre Bordón cierto ostracismo y empezaron
a desvanecerse sus vínculos profesionales y de amistad. Fui testigo
de esta indeseable situación y escuché con paciencia los argumen-
tos de las partes. Viendo estos acontecimientos en retrospectiva me
parece que Carlos atinó muy bien previendo que en los años por
venir nuestras instituciones académicas se verían comprometidas en
la misión de preservar y mantener adecuadamente las frágiles co-
lecciones biológicas. Más de una vez hablamos de la precariedad de
las tradiciones institucionales venezolanas, del caos económico que
terminaría por arrasar todo lo que no fuera esencialmente útil para
la supervivencia. Sabía de historia y daba lecciones sobre los ciclos
de construcción y destrucción. Sacar su colección a Italia no fue un
acto de egoísmo sino un favor a la humanidad y un secreto home-
naje personal a su primera patria. Su gigantesca colección entomo-
lógica no está escondida: se encontrará en Turín a buen resguardo y
a disposición de quienes requieran estudiarla. Sin embargo, es nece-
sario apuntar que en todas las colecciones institucionales de Vene-
zuela y en numerosas colecciones privadas y públicas del extranjero
reposan cientos de miles de insectos recolectados por Bordón. Fue
su sana práctica repartir duplicados (siguiendo el sabio consejo de
Fabricio), donar material que pudiera ser de interés a otros especia-
listas, enriquecer las colecciones institucionales, intercambiar. Da
cuenta de este testimonio una larga lista de géneros y especies que
llevan el nombre de Bordón, y no pocos agradecimientos públicos
a su persona. La razón es muy sencilla; estaba en contacto con una
legión de especialistas bioespeleólogos y entomólogos de muchos
países y a todos remitía especímenes para ser estudiados. Él era un
puente internacional al servicio de la ciencia y su casa un lugar de
encuentro de personalidades.
Siempre fue hospitalario y afable, al igual que su fiel esposa
Nora, filatelista. De sus dos hijos, Fulvio y Lina, conozco a la se-
gunda, que era además su vecina y guardián. Los domingos venían
a su casa familiares y amigos, a comer pasta o sardinas asadas al
Ángel L. Viloria
94 ANARTIA, 27 (“2015” 2018) 87 - 94
* Centro de Ecología. Instituto Venezolano de Investigaciones Científi-
cas. Apartado, Caracas 1020-A Venezuela. e-mail: aviloria@ivic.gob.ve
carbón y a beber por igual vinos de Europa o licores artesanales que
Bordón destilaba en la cocina de la casa.
Recibí de Carlos Bordón una muestra de aprecio modesta pero
inolvidable, cuando en 1997 me dedicó el nombre de una especie
de gorgojo, Naupactus viloriai. En el 2003 correspondí este generoso
obsequio con la descripción, en colaboración con Tomasz Pyrcz,
de la primera mariposa braquíptera conocida en el mundo, Redonda
bordoni, descubierta por él y por Nora en el páramo de La Negra (es-
tado Táchira). Guardo con celo para el momento oportuno algunos
sobres con especies de mariposas todavía no descritas que Carlos re-
colectó hace cuarenta años en los páramos de Trujillo y que me ob-
sequió sacándolas de una caja secreta la última vez que nos vimos.
Ángel L. Viloria*